La dura subida a O Cebreiro en el ‘Camino de Santiago en 12-1 días enchufado’ de José Mª Alegre en ‘ebike’, etapa vibrante de 62 km

Hoy era un día de firmes convicciones, pues había que subir el temido O Cebreiro, 13 km de dura ascensión que no acababan en lo alto del ‘muro’, pues había que continuar hacia el alto de San Roque. En su ‘Camino de Santiago en 12-1 días enchufado’, con Sixt Rent a Car, José Mª Alegre llevó su ‘ebike’ hasta Sarria, en tierras lucenses, una etapa vibrante de 62 km.

Me levanto fresco en Vega de Valcarce, desayuno fuerte y me preparo para afrontar la temida subida a O Cebreiro, 1.330 metros de elevación en 13 kilómetros. Salgo pues como nuevo de la Pensión Fernández, donde he pernoctado, con la total convicción de afrontar una gran jornada con el aperitivo del que llaman ‘el muro’ en mi ‘Camino de Santiago en 12-1 días enchufado, con Sixt Rent a Car y QuintaMarcha.com.

Enseguida inicio la ascensión, primero por el camino señalado para los peregrinos, pero al kilómetro y medio de hacerlo tengo que volver al recomendado para los bicigrinos por las flechas amarillas (qué acierto al elegir la flecha amarilla para la señalización del Camino de Santiago, tan simple gráfico tiene una fuerza increíble -¡y qué alivio cuando te reencuentras con ella de nuevo al creerte perdido!-, al igual que la frase “Buen camino”, cuya sencillez permite que todos los peregrinos, sean de las fronteras más lejanas, la pronuncien correctamente); las piedras de canto rodado de la tremenda cuesta impiden el avance de la rueda trasera de mi ‘ebike’, que no para de patinar por falta de ‘grip’. Así pues, doy media vuelta y sigo el consejo de la flecha que me transporta por la antigua N-VI, una carreterita que concentraba todo el tráfico hacia el norte (y viceversa) no hace muchas décadas y por la que ahora apenas pasan vehículos, ciclistas aparte, con la flamante A-VI en lo alto sorteando la escarpada orografía gracias a un colosal viaducto.

Mientras avanzo por el inacabable repecho a 15 km/h, voy pensando en la grabación que le hice a Tomás en su Refugio Manjarín en la etapa anterior. El también llamado Albergue de los Templarios se encuentra unas curvas más abajo tras coronar la emblemática Cruz de Ferro. Tiene capacidad para 35 peregrinos que solo pagan la voluntad, y si carecen de ella, las gracias serán suficientes.

Tomás, que es todo un personaje, y cuyo hospedaje es un lugar de lo más pintoresco, en el que no faltan la música medieval, los gatos, las conchas, los recuerdos del Camino, las banderas de diferentes lugares cuyos propietarios las dejaron como muestra de buena voluntad, y la campana que suena anunciando la llegada de un caminante, se muestra crítico con la actitud de muchos ellos, pues “buscan los bares”, asegurando que el “peregrino de verdad es ave rara, últimamente”.

Sigo la ascensión por el asfalto (por cierto, la cuneta, en muchos tramos, luce un aspecto desolador, con papeles, latas y demás desechos, ¡que guarra es alguna  peña!) hasta el kilómetro tres y medio desde mi salida, distancia que me ha parecido interminable, llegando a Las Herrerías, donde retomo el Camino que ya no abandono (en toda mi travesía he seguido siempre el camino de los peregrinos, incluso en aquellos tramos en el que algunas de las guías consultadas recomiendan saltárselos por su dureza, dificultad y peligrosidad. Amo la bicicleta… de montaña -la de carretera me da miedo por lo obvio- y me gusta rodar por donde pisa el buey, y esos tramos citados, no exentos de escollos y riesgos, ciertamente, me han parecido los más divertidos).

A dos kilómetros para la cima, un enorme monolito dice al caminante que entra en Galicia, indicándole que está en el Camino de Santiago, declarado Itinerario Cultural Europeo por el Consejo de Europa. Como en tantas otras señales de la travesía, los ‘grafiteros’ de turno se han encargado de pintar sobre el granito toda clase de frases, nombres que igual ya no recuerdan y otras lindezas. Queda constancia de que el ‘homo sapiens’ ha pasado por ahí. Me encuentro con un grupo de jinetes que llegan tras de mi con sus caballos, otra forma reconocida de hacer el Camino.

Al llegar a O Cebreiro, sello la Credencial del Peregrino (“pasaporte” que demuestra la ruta y los kilómetros realizada por el caminante y por el que le extenderán -o no- la “Compostela” una vez llegue a Santiago, documento que certifica haber cumplido la peregrinación) en la iglesia de Santa María la Real de Cebreiro que hay en lo alto, junto a un conjunto de establecimientos hoteleros, restaurantes y tiendas de recuerdos que, por ser festivo, está muy animado. Recupero fuerzas en Casa Navarro y prosigo mi ruta hacia Sarria. Antes debo coronar el alto de San Roque (1.270 m) y otra elevación considerable, la de Poio (1.340 m), en Padornelo.

Me encuentro con Gerard y Carolina, pareja de Barcelona que está haciendo el Camino desde Ponferrada por una promesa que ella explica en el vídeo. Al despedirse, se marchan cogidos de la mano en una imagen que me conmueve.

Sigo mi camino con divertimento; a pesar de que las pendientes son delicadas y la guía antes citada recomienda tomar la carretera, yo soy leal al Camino y a la tradición y no abandono las pistas forestales, con tramos complicados, pero la dificultad es diversión. Llegado a Fonfría, hay una bajada tremenda hasta Triacastela, descenso técnico que me encanta y supero sin mayor contratiempo. Estoy a mitad de la etapa (unos 30 km), así que le doy caña para que la noche no me envuelva.

Antes de llegar a Samos, a 15 kilómetros de Sarria, me detengo para grabarme una bajada muy técnica. Esta vez hago el vídeo con el móvil, así que preparo el trípode y dejo la cámara que llevo al cuello junto a él sobre un muro de piedra. Hago la toma, recojo el móvil con el trípode y tiro para Samos, que está a poco menos de tres kilómetros. Al llegar a la localidad lucense, que alberga el monumental monasterio de San Julián de Samos, fundado en el siglo VI, perteneciente a la orden de los benedictinos, reparo en que me he dejado la Canon en el lugar de la grabación. Vuelvo hacia el lugar del descuido a todo lo que dan mis piernas y la Cube híbrida, haciéndome el tramo con la rapidez de Loeb, respirando al comprobar que la cámara descansa en el mismo lugar donde la dejé.

De vuelta a Samos, pedaleando con la tranquilidad que da el coste cero de semejante olvido, reflexiono sobre lo ocurrido y concluyo que la bendición del Padre Ángel a mi ‘ebike’ antes de salir hacia Roncesvalles me protege y lo digo totalmente en serio, y no solo por este episodio, sino por la magnífica climatología de la que he disfrutado hasta ahora, luciendo el sol a diario (sólo me llovió desde Estella a Logroño debido a los coletazos del huracán Leslie), y la ausencia de incidentes durante la ruta: ni una caída, ni un pinchazo, ni avería, nada de nada. Está claro que mi bici, además de ‘alegre’, es ‘divina’ gracias a un hombre buen, el fundador de Mensajeros de la Paz.

Llego a Sarria con la sonrisa en la cara de lo bien que me lo he pasado. He disfrutado mucho esta etapa, una de las mejores, y aunque noto en las piernas el peso de los duros 62 kilómetros recorridos, la satisfacción es grande. En el vídeo que cierra esta crónica expreso perfecta y lacónicamente lo que ha sido esta etapa: una declaración breve y concisa, pero rotunda.

Mañana, más y mejor. “Buen camino”.

Por José Mª Alegre (texto y vídeos)

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