Madrid, noches de encierro y silencio

Cuando llegué a Madrid para quedarme, hace unas cuantas lunas, lo primero que noté fue el frío. Era enero de 1985 y entonces, como dicen los antiguos, y yo ya debo serlo, el invierno era invierno, con temperaturas gélidas. Pero, en mi período de adaptación, hubo algo que llamó mi atención más todavía -además de otras cosas, por supuesto, que las dejo para otro día-, y fue el ajetreo en las calles, tanto de día, como de noche.

En aquellos años canallescos, las madrugadas de los viernes y sábados había un trancazo de coches en la Gran Vía y en otros viales como la Castellana, trajín que sigue siendo santo y seña de los madriles. Aquél fue un periodo en el que cerraba los bares de la capital casi al amanecer con premeditación de ron con cola y nocturnidad, por lo que fueron muchos los atascos que me comí.

35 años después, me encuentro con todo lo contrario, con un espectáculo digno de experimentar por ser único y extraordinario, pero no menos sobrecogedor. Tanto, que resulta que la ciudad que conozco y amo, la urbe de enorme tráfico, de gentes andando sin descanso, de trajín sin fin, de establecimientos abiertos de todo tipo y condición, de risas, gritos y exclamaciones, sonido de vasos y de pasos, no existe.

Madrid, en su confinamiento, en su encierro, en su arresto domiciliario por el coronavirus, el Covit-19, la pandemia, la crisis sanitaria que la asola, está callada. En esta fase que vivimos, la 0,5 (acaban de anunciar que pasamos a la 1 el lunes 25, ¡ya era hora!), denominación caprichosa de la caprichosa autoridad, la capital es cada día, a partir de las 23:00 horas, un puro fantasma, una mentira, una urbe silenciosa sumida en las sombras, sin gente, sin bullicio, sin jolgorio, sin la alegría que la caracteriza, sin vida, en definitiva.

Así, una hora antes de que la carroza se transforme en calabaza, Madrid se cierra a cal y canto, siendo invadida por coches policiales, identificables unos, la mayoría, camuflados otros, a veces a paso lento, pidiéndome la acreditación de periodista, otras, aullando a toda velocidad. Pero, lo cierto es que no hay vida. Tan solo algún que otro caminante de pasos perdidos en busca de un soportal dónde dormir, una boca de metro donde abrigarse, un cartón en el que cobijarse. Curiosamente, los sintecho no gozan de la atención de los Cuerpos de Seguridad del Estado, pasando de ellos, pues la calle es su hogar y no es cuestión de despojarles de lo único que les queda, la calle, que es de todos, pero más de ellos, si cabe.

Cabizbajo, a paso corto y arrastrando los pies, el vagabundo tira de su única posesión, un trolley que Dios sabe dónde habrá encontrado. Lo lleva cargado de una vida de sueños extraviados, de desesperanza, de creencias descreídas, de recuerdos olvidados, de futuro sin horizonte, de ilusiones perdidas… Su sino es deambular por aceras y adoquines hasta que cualquier mañana se torne en ocaso y aparezca frío e inerte junto a una botella vacía, su fiel compañera, que le llenó el estómago y embotó la cabeza.

Los mendigos no son los únicos en violar el toque de queda impuesto por la autoridad. A mi alrededor se cruzan, yendo y viniendo, los riders, anglicismo con el que han sido rebautizados estos currantes en bicicleta que trajinan enormes mochilas cargadas a la espalda con el pedido a entregar. Son silenciosos, discreción que rompe la voz del navegador que les indica la dirección correcta, personajes habituales ya en las grandes ciudades por hacer los repartos en bici cruzando los pasos cebra sin enfilar a peatón alguno, sorteando atascos y coches.

Una pareja cogida de la mano que se pierde en la oscuridad aligerando el paso tras el toque de retreta; los servicios de limpieza: los que recogen la basura en camión, los que lo hacen en carro escobas en ristre, más modestos ellos, pero tan necesarios como los anteriores; los que desinfectan las bicicletas municipales… La ciudad está en un duermevela, pero nada es igual, falta el ritmo, el compás, la armonía que distingue al Foro. Sus garitos de copas, de combinados, de música en vivo, de comidas para estómagos en permanente estado de gula, están chapados… Madrid, Madrid y cinco veces Madrid.  

Frente al Teatro Español paro a dos riders que ejercen su trabajo a golpe de pedal. Son sudamericanos, como la mayoría, de poco más de 20 años, no importándoles posar para mi Canon (luego, me encontraré con otros tres en la singular Puerta del Sol, dedicándome también unos minutos con igual amabilidad que los anteriores, ¡qué lujo!). Me cuentan que trabajan 12 horas al día por las que se llevan, en el mejor de los casos, 30 pavos, cifra “escandalosa”, por lo baja -¡2,5 euros la hora!-, pero reconocen que es tiempo de trabajar duro para que algún día, más pronto que tarde, las circunstancias obren el milagro y se haga justicia. ¡Qué así sea!    

De repente, un poco de movida. Un coche patrulla se para ante dos jóvenes que han equivocado el lugar y la hora. Éstos, hacen ademán de sacar la cartera del bolsillo para mostrar el DNI a requerimiento de los agentes, pero, lejos de eso, prefieren echar a correr para darle emoción a la noche. Los ‘polis’, salen raudos con el coche y la feria de luces destellantes sobre el techo activada, al igual que la sirena, apagándose el sonido en mis oídos a medida que me alejo, de lo que deduzco que la carrera de los chavales está siendo intensa.

Gran Vía, Puerta del Sol, plaza Santa Ana, calle Huertas, donde en uno de sus garitos me he pimplado más daiquiris de los que me quedan por tomar con gente querida, recuerdos de una época pasada vivida intensamente; nostalgia del ayer que no será mejor que el mañana… espero.

Sigo mi periplo, a pata, pues he dejado la moto (Reflexión: moto, parato único y excepcional que sirve igual para llevarte con prontitud por las abarrotadas calles de la urbe, que para disfrutar circulando por sus vacíos y solitarios viales o sentir la libertad del viaje por carretera creyéndote el más grande de los mortales). Decía que dejé la moto aparcada en la plaza de Neptuno, escenario de las celebraciones colchoneras, a espaldas del ahora cerrado Palace, el hotel más bonito de la ciudad, en mi humilde opinión. Desde allí he ido subiendo, dejando el Congreso a la derecha, saludando a los dos nobles leones que lo custodian, lo más fiable de esa casa que cada día cuenta con menos credibilidad.

Me encuentro en la vacía plaza Mayor y su silencio y ausencia de todo me estremece. A lo largo de mi recorrido reconozco el privilegio de hacerlo en circunstancias tan excepcionales y únicas en España desde hace al menos 80 años; en este sentido, mi satisfacción es total y absoluta. En mi vida de reportero, con doce años de experiencias, sensaciones, imágenes y vivencias irrepetibles formando parte de la plantilla de la revista Interviú, medio donde crecí profesionalmente, curtiéndome en guerras y conflictos bélicos en Sudamérica, jamás fui testigo de algo parecido a esta alarma sanitaria que nos amenaza y atenaza. Pero, por otra parte, soy consciente de los motivos de este vacío de personal en calles, plazas y avenidas, que no están desiertas por arte de magia, sino porque la gente permanece en su casa, encerrada, sin poder salir, como si de un toque de queda se tratara, y me impresiona.

Subo por Preciados, recién baldeada por los servicios de limpieza, con los brillos en el suelo de los neones todavía encendidos, para desembocar en la Gran Vía y fotografiar la nada. Hace poco rato estaba plagada de bicicletas que se habían apropiado de la calzada como si de un Tour urbano se tratara, como si se celebrara una romería, y ahora está sumida en el más absoluto silencio, ¡qué sensación de vacío, de vértigo! Junto al edificio de Telefónica, pongo punto y seguido a mi ronda, regresando en busca de mi moto.

Antes, me acerco a Cibeles, con la mítica figura de la diosa de la Madre Tierra que da nombre a la plaza en la que se encuentra el suntuoso ayuntamiento de la capital que preside el aclamado alcalde Martínez-Almeida y el edificio del Banco de España al otro lado. Entre ambas moles, la del mando y la de la pasta, los primeros autobuses que, con el despuntar del día, aguardan la hora de salida para trasladar a los escasos usuarios que hay.

Ya atisbo mi BMW, allí está ella, donde la dejé. La arranco y pongo rumbo a la Puerta de Alcalá, poderosa y altiva que muestra su grandeza desde 1778, obra del arquitecto italiano Francesco Sabatini, luciendo ahora un gran lazo negro con el que la Comunidad de Madrid honra a los 30.000 mil fallecidos que lleva cobrados la pandemia que sufrimos en España, cifra que más parece un parte de guerra, la del Covid-19.

Sigo mi camino en moto por las calles vacías de la ciudad hacia el puente de Raimundo Fernández Villaverde que cruza la Castellana a la altura de El Corte Inglés (la vida en este país no volverá a su total normalidad hasta que abran sin restricciones todos los centros de la empresa fundada por Ramón Areces). Planto mi cámara y soy testigo del amanecer madrileño con las Cuatro Torres de Madrid al fondo y la quinta, que les llega a la cintura, aún por terminar. La noche deja paso al día, captando el momento en el que el cielo se ilumina.

La ronda nocturna concluye, regresando a ‘las cocheras’. Mientras lo hago, recibiendo en mi cara el aire fresco de la alborada, concluyo que este Madrid me produce tristeza. Lo anhelo lleno de vida, con las calles repletas, los bares atestados de parroquianos, la gente por las aceras, vehículos atascados entre semáforos, el bullicio y la alegría contagiando el día a día de ciudad tan alegre como inquieta y revoltosa. Pero me temo que eso, la vida plena en la ciudad que tanto quiero, al menos como la conocimos, tardará en volver, si lo hace alguna vez. Ni un abrazo te puedo dar, querido Madrid… salvo que lleve mascarilla y guantes, ¡no me jodas!

Texto y fotos: José Mª Alegre

    

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