Marruecos según Mc Bauman: De los niños y las penas

MC Bauman (1)

El rider Mc Bauman realizó 348 kilómetros a lomos de su BMW R 1200 GS entre las localidades de Volúbilis y Karrandou. En esta crónica escrita por él habla sobre paisajes y también sobre la gran cantidad de niños que hay en cualquier localidad y poblado pidiendo cualquier obsequio. 

Tras el potente desayuno con el que nos obsequiaron nuestros amigos en el hotel, nos adentramos en las ruinas de Volúbilis para darle un toque culto al viaje; allí aprendimos a decir “no” a los guías, aprendimos que los romanos se lo pasaban divinamente también al sur del Mediterráneo, que había leones por esas latitudes, que había domadores de serpientes por aquella época (no sabemos si, como hacen los modernos, también les pedían unos euros por hacerse unas fotos con ellos ), que en Marruecos nadie te va a robar nada de la moto, dejes lo que dejes, que siempre hay alguien que te dirá que te cuida las motos y que debes pagarle la voluntad (siempre que la voluntad no sea muy rácana) y que a mí me venden de todo: a estas alturas del viaje ya tenía un gorro que no quería para nada, un camello de madera más bien esmirriado, unas piedras que me dijeron ser casi preciosas aunque eran más bien feas, otra piedra que más que marroquí era china y que tampoco quería para nada, etc. Conclusión: soy un blando. Pero es que se me acercaba cualquier chavalín con una de esas sonrisas gigantes, me preguntaba que de dónde venía, todos conocían Ibiza y todos tenían aquí algún familiar o amigo. Después de un rato hablando de la moto, o de si tengo cara de bereber, o de cualquier otra cosa, me ofrecían lo que llevaban encima y me pedían cualquier cantidad que por muy cara que pareciera, eran cuatro duros. Y no sabía decir que no y pocas veces supe regatear. En eso el maestro fue BlackRider, pero ya lo contaré en otro capítulo muy a su pesar, a no ser que ingrese una importante cantidad de dinero en una cuenta de Suiza a mi nombre. Él ya me entiende.

MC Bauman (2)

Hacia el sur
Y con unas cuantas horas de retraso (¿qué retraso?), con la maleta más llena y con unos varios vendedores más contentos, abandonamos Volúbilis para arrivar a Meknes en apenas 30 kilómetros. Estoy seguro de que no supimos encontrar la zona más bonita de la ciudad, pero después de circular un rato por ella decidimos que no íbamos a Fez y que nos dirigiríamos al sur. Y así lo hicimos.

Intentando ir a Arzou llegamos a Ifrane, un curiosísimo, precioso y moderno pueblo de montaña en el que nos entretuvimos lo justo para llegar al bosque de los cedros. Impresionante lugar, más aún cuando se aleja uno de la zona de los vendedores donde hay unos monos más domésticados que el gato de mi vecina. Pero, como decía, siguiendo hacia arriba nace una pista rodeada de unos cedros altísimos y de nieve en esta época del año (estábamos a unos 2500 m de altura). Allí, entre monos, cacahuetes y cedros, nuestras monturas parecían algo ridículas.

Y así los insaciables viajeros siguieron rumbo al sur, atravesando el Atlas por primera vez en este viaje, con carreteras o pistas muy poco transitadas, curvas, curvas y más curvas según íbamos ganando altura y unos paisajes que iban cambiando radicalmente. En pocos kilómetros, habíamos pasado de los verdes pastos de Xauen o de Arzou a unas montañas frías y desérticas que parecían de Mongolia o de algún otro país lejano (cuánto bien ha hecho Ewan McGregor a Mongolia).

Niños en cualquier lugar
Unas cuantas fotos después llegamos a Midlet, preciosísimo pueblo desde el que sale una pista chulísima que lleva hasta el circo de Jaffar. Eso dicen. Lástima que en el pueblo cada habitante que nos encontramos decía que se iba en una dirección distinta. Finalmente no llegamos al circo (al de Jaffar porque el que nos montaron en Midlet lo vimos bien), pero nos dimos un paseito por la zona.

A estas alturas del viaje ya nos habíamos dado cuenta de algo muy peculiar que nos acompañaría durante toda la travesía por Marruecos: pares donde pares, en el lugar más remoto, en el más lejano, en el más inhóspito, en el más desierto, en el más insospechado, pares donde pares, decía, en pocos instantes aparecen un montón de niños. Es una cosa…

Creo que han venido científicos de todo el mundo para estudiar la cuestión pero no se ponen de acuerdo en descifrar quién crea esos niños, quién los pone allí, de qué manera llegan hasta esos lugares, para qué están, etc. Sea como fuere, se ponen como locos en cuanto les regalas cualquier cosa la sepan utilizar o no (caramelos, bolis y dirhams es lo que más piden).

Camisetas de regalo
Comenzando a anochecer, se nos ocurrió parar para inmortalizarnos junto a una curiosa kasba (todas lo son). Rápidamente llegaron 3 ó 4 niños. Íbamos preparados con algunos regalos con los que obsequiarles, en concreto yo llevaba casi cien camisetas en el topcase de la moto, así que nos dispusimos a hacer entrega de los obsequios. Inmediatamente aquellos niños se dividieron en 2 ó 3 cada uno de ellos y éstos a su vez en otros 2 ó 3, de manera que en diez segundos estábamos rodeados por no menos de 20 niños y algunas madres (o abuelas) que viendo de dónde salían las camisetas metían la mano con fuerza y las iban cogiendo mientras yo me quedaba sin saber reaccionar. Fueron pocos segundos, pero de allí volaron casi la mitad de las camisetas y un pareo que me había regalado mi madre y que no pienso explicar qué hacía yo con un pareo en el Atlas.

Cuando me di cuenta de que faltaba la prenda que no formaba parte de los regalos, cerré el cofre y les pedí que me lo devolvieran. Nadie escapó a pesar de que sabían que habían cogido más de una camiseta cada uno. Todos, grandes y chicos se quedaron parados, como si fuera un juego y según iba pasando yo, iban sacando sus lotes de camisetas. Finalmente apareció el pareo, me lo devolvieron rápidamente y cada uno siguió su camino; afectadísimo por ver cómo luchaban por esa camiseta que para ellos debía ser un trofeo, me puse el casco y en silencio solté alguna lagrimita por ver aquella miseria. Alguno sonreirá, pero si he llorado cuando ET se abrazaba a Elliot, cómo no iba a hacerlo al ver aquella pobreza.

Y así, algunos kilómetros más tarde encontramos una kasba bastante moderna en la que nos dieron de dormir y algunas de esas viandas en forma de tajín que al viajero sientan de maravilla después de un duro día de moto.

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