Visitamos Salto de Castro, el pueblo abandonado que ha sido adquirido por 300.000 euros. Este es su estado (Galería de fotos)

Me entero por las RRSS que Salto de Castro, un pueblo abandonado en la provincia de Zamora se vende. Como estas cosas me pican la curiosidad, me subo a mi BMW y para allá que me voy. Y la decepción es grande, no porque el lugar carezca de belleza, no porque el camino y lo que hay en él no sea atractivo, sino por el deplorable estado en el que se encuentra el poblado por culpa de los vándalos.

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Por mi condición de periodista y fotógrafo, siempre estoy dispuesto a conocer sitios curiosos, acontecimientos llamativos, lugares impactantes. Eso casa a la perfección con mi pasión por la moto, que me brinda la oportunidad de conocer nuevas rutas, bellos paisajes y descubrir zonas que enaltecen el ánimo.

Así que, enterado de la existencia de Salto de Castro, poblado cuya inauguración se produjo en 1957, interesado por su historia y lo que allí aconteció, me subí a mi F 850 GS y para allá que me fui.

Un poblado para los trabajadores de la presa

Tras cubrir los 280 kilómetros desde Madrid por carreteras secundarias, nada de autovías, pues no hay mejor forma de disfrutar de la moto y conocer los pueblos y paisajes que enriquecen nuestra geografía que hacerlo por esas vías, aunque algunos de esos lugares, especialmente los de la ‘España vaciada’, conocieron tiempos mejores, llego al destino.

Salto de Castro pertenece al municipio de Fonfría, en la provincia de Zamora, situado junto a la presa de Castro (de ahí el nombre), en la parte más baja de la depresión geográfica conocida como Arribes del Duero. Precisamente es la presa hidroeléctrica que allí se encuentra la que motivo la construcción del poblado. Para albergar a los trabajadores que debían levantar la presa, la empresa de generación eléctrica Iberduero -hoy Iberdrola- lo mandó construir para alojar a éstos con sus familias, habitándolo en 1957, como se cita al inicio. Salto de Castro contaba con 44 viviendas, Casa Cuartel de la Guardia Civil, iglesia, farmacia, bar, colegio, frontón y piscina, edificaciones que se mantienen en la actualidad, pero en estado lamentable.

Pasado el tiempo y ya finalizada la obra hidroeléctrica, los habitantes del lugar poco tenían que hacer allí, así que se mudaron y en 1989 el poblado quedó totalmente abandonado, entrando a partir de entonces los vándalos, animales de dos patas que se ocuparon de destrozarlo absolutamente todo.

Como indico al principio, la decepción al llegar y caminar por el lugar no es por la ruta en moto, preciosa, por las zonas recorridas y por los bucólicos colores del otoño que las decora; ni por las variadas carreteras de todo tipo; ni por la hermosura del destino, bello y agreste, con el Duero serpenteando la colina en la que se ubica el pueblo y cuyas aguas buscan tierras portuguesas, vecino ibérico que apenas dista a unos pocos kilómetros. Mi desilusión tiene que ver con el comportamiento de la gente, que no sabe o no quiere respetar el patrimonio ajeno y que ha convertido este lugar en pura ruina.

“La ciudad sin ley”

Todo está hecho añicos, las puertas arrancadas, al igual que los marcos de las ventanas. El suelo es un mar de cristales, de astillas, incluso haypeldaños arrancados de algunas escaleras. La iglesia, de la que solo queda el altar, no se ha salvado de la profanación. Sus preciosas cristaleras, según cuentan los que allí vivieron, han sido reventadas, y los restos de hogueras y de pernoctas se aprecian en varios de sus rincones. Nada ha quedado ‘vivo’. Dos pintadas -entre otras muchas recogidas por mi cámara- en sendas viviendas, indican claramente lo que significa para algunos este sitio, en una se puede leer “La ciudad sin ley” y en la otra “Entra si te atreves”.

El que si tiene agallas para entrar es el constructor de Toledo, que finalmente ha comprado el poblado, según publica El Español dos días después de mi regreso de allí. Según este medio, el nuevo propietario, que lo ha adquirido al que a su vez lo compró a Iberdrola en el año 2000 para crear un proyecto turístico, ha abonado 300.000 euros por los 6.600 metros cuadrados construidos en una superficie de 7,8 hectáreas. El constructor toledano quiere rehabilitar el poblado y dotarlo de servicios, con restaurantes, tiendas, hotel y apartamentos turísticos, informa el nombrado digital.

A juzgar por el estado del mismo, como prueba el reportaje fotográfico que podéis ver, mucho tendrá que invertir el constructor, al que arrestos no le faltan, para poner en marcha un proyecto de esta envergadura que dará sin duda vida a esa parte de la ‘España vaciada’. Ojalá el sueño se convierta en realidad y llene Salto de Castro de ilusiones y de gente.

Por José Mª Alegre (texto y fotos)

  

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