Incendios forestales, esa gran desgracia de la que no somos lo suficientemente conscientes

Los incendios forestales me horrorizan, me producen tristeza y rechazo, sobre todo si la mano del ser humano está detrás de ellos, como así es en una gran mayoría. Según el último informe que elabora por decenios el Ministerio de Agricultura, las negligencias y accidentes y la intencionalidad son las causas que copan el 87,35% de la superficie total forestal afectada.

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Según ese informe, entre las razones más frecuentes de los incendios forestales están la quema agrícola ilegal y abandonada (37,85%), quema para regeneración de pastos (29,99%), otras (8,34%) y la piromanía, con un 7,17%. No es pues el cambio climático el causante de los mismos, cantinela repetida por Pedro Sánchez, sino la mano del hombre el causante en gran parte de semejantes desastres ecológicos, si bien es cierto que las altas temperaturas, que sí son debidas al calentamiento de nuestro planeta, los favorecen una vez producidos.

2022 está siendo particularmente desastroso, pues el fuego azota España hasta el extremo de ser el peor verano -y también en lo que llevamos de ejercicio- de los últimos diez años, con un total de cerca de 225.000 hectáreas quemadas, superando 2012, 189.000. Se trata de cifras registradas por el Sistema Europeo de Información de Incendios Forestales (EFFIS) desde el 1 de enero al pasado 27 de julio, guarismos que quedan lejos de los que admite nuestro Gobierno, que, según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, en el período comprendido entre el 1 de enero al 17 de julio, en España, asegura, han ardido 78.759 hectáreas. Una diferencia que no debería extrañar a nadie, pues el Ejecutivo y la verdad son un matrimonio mal avenido. 

Como decía al principio, cuando un bosque arde, ya sea en nuestro país, principalmente, pero también fuera de él, por más lejano que sea, me duele en lo más profundo, pues la naturaleza es vida, es un bien que debemos proteger y conservar para entregarlo a las futuras generaciones. El medio ambiente, con su biodiversidad, no nos ha sido entregado en propiedad, no es nuestro, es un usufructo de nuestros predecesores para que lo disfrutemos, cuidemos y custodiemos con la obligación de pasarlo a nuestros herederos en mejor estado si cabe, o en iguales condiciones, como poco.

Con el afán de sensibilizar, de concienciar, de mostrar cómo queda el monte cuando el fuego ha pasado por él, me subí a mi BMW F 850 GS y me fui a ver lo que ha quedado del incendio forestal ocurrido en el municipio abulense de Cebreros, siniestro que arrasó 4.000 hectáreas, obligando al desalojo de cientos de personas, los habitantes de Hoyos de Pinares entre ellos, por la proximidad de las llamas a sus casas.

Como motero que soy (motorista en la Guardia Civil), soy testigo de muchas negligencias que cometen los vehículos que circulan por ciudad y carretera, pero hay una que me enerva, el lanzamiento de objetos por las ventanillas de los cuatro y más ruedas, muchos de ellos colillas de cigarrillos encendidas que provocan muchos incendios forestales, colilla mal apagada que podría ser la causante del incendio de Cebreros, según barajan los investigadores.

Con esto no quiero criminalizar a nadie, pero la realidad que veo es esa, la de tirar cualquier cosa por la ventanilla, gesto incívico e ilegal del que quedamos excluidos los moteros. Dejo las fotos que muestran la desolación, la destrucción, la muerte de la vegetación, de los animales que habitan esos parajes (no vi ninguno, aunque tampoco busqué con denuedo, ¿a alguien le queda duda de que murieron decenas de ellos?) y la ausencia de vida que queda al paso de las llamas. El olor a quemado no lo puedo plasmar en las imágenes, pero días después de mi paso por allí todavía queda en mi nariz. El medio ambiente es patrimonio de todos, ¡protégelo!

Por José Mª Alegre (texto y fotos)

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