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Km Solidarity y las motos en ‘En busca de la sonrisa perdida’: la ruta que devuelve la alegría

Durante cinco días, carreteras, motos y solidaridad se dieron la mano en la novena edición de ‘En busca de la sonrisa perdida’, la ruta organizada por Km Solidarity. Desde La Rioja hasta Teruel, cada kilómetro recorrido tuvo un destino común: arrancar sonrisas a personas con discapacidad y recordar que la felicidad también viaja sobre dos ruedas.

Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se cuentan en emociones. Los primeros aparecen en los mapas; los segundos permanecen para siempre en la memoria. La novena edición de ‘En busca de la sonrisa perdida’, organizada por Km Solidarity, pertenece sin duda a esta última categoría. Porque, aunque el recorrido atravesó carreteras de La Rioja, Madrid, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana y Aragón, el verdadero viaje discurrió por un territorio mucho más complejo de cartografiar: el de la ilusión, la empatía y la capacidad humana para hacer felices a los demás.

La ruta partió de Lardero, a escasos kilómetros de Logroño, sede de Km Solidarity, la mayor ONG motera de España. Desde allí, cuatro motocicletas y dos turismos de apoyo emprendieron un camino que nos llevaría hasta Teruel tras visitar varios centros dedicados a personas con discapacidad intelectual y física. El objetivo no era alcanzar una meta geográfica, sino encontrar sonrisas allí donde a menudo la rutina, las limitaciones o las dificultades cotidianas terminan ocultándolas.

“Km Solidarity, una propuesta que vertebra España”

La plaza del Ayuntamiento de Lardero acogió la salida de la expedición. El corte simbólico de la cinta marcó el inicio de una aventura que, edición tras edición, se ha convertido en una referencia de solidaridad sobre dos ruedas.

En la coqueta plaza de la localidad riojana aguardaban cuatro BMW preparadas para la marcha: dos R 1250 GS Adventure, una R 1250 GS y la F 850 GS del abajo firmante. A sus mandos, sus respectivos ‘jinetes’: Eduardo San Vicente, presidente de Km Solidarity, y Rodrigo Sánchez en las dos primeras; Ismael Santamaría en la tercera; y yo mismo en la cuarta. Para la ocasión yo estrenaba los neumáticos Conti TKC 70, que destacan por su versatilidad y agarre, así como el airbag Dainese Smart D-Air, una prenda a la que profeso especial cariño porque su predecesora me salvó la vida.

Junto a las motos aguardaban también los dos vehículos de apoyo encargados de transportar el equipaje del grupo y los obsequios que se entregarían en cada centro visitado, principalmente golosinas y pulseras. Se trata de un BMW iX3 totalmente eléctrico, cedido por Autoberón, concesionario de la marca alemana en Logroño, y de un MINI Countryman facilitado por la propia firma. A bordo viajan Jesús Vicario, José Rodríguez, Candi Díez y Martín Viribay, integrantes de una logística imprescindible para una expedición que, durante varios días, repartirá ilusión y muchas satisfacciones.

Entre los asistentes se encontraba la alcaldesa de Lardero, Isabel Barceló, y el consejero de Cultura, Turismo, Deporte y Juventud del Gobierno de La Rioja, José Luis Pérez Pastor, quien definió a la asociación con una frase que resume perfectamente su espíritu: “Km Solidarity es una propuesta que vertebra España”. También recordó que “ser solidarios es una forma de ser riojano” y destacó la capacidad de la organización para llevar el nombre de La Rioja allí donde llega.

No le faltaba razón. Durante cinco días, las motos iban a unir territorios muy distintos bajo una misma idea: compartir tiempo, atención y afecto con quienes más lo agradecen.

Los primeros kilómetros transcurrieron bajo una temperatura amable, perfecta para disfrutar de la carretera. El paisaje riojano fue quedando atrás mientras los motores avanzaban hacia Madrid. Nadie imaginaba entonces que aquel frescor sería apenas una tregua antes de que el calor se convirtiera en compañero inseparable durante el resto de la semana.

Fundación Trébol: la bonhomía de Luis de la Fuente, presente una vez más

La primera parada importante tuvo lugar en la Fundación Trébol, en Las Rozas. Allí aguardaban usuarios, monitores y trabajadores con la expectación propia de quien sabe que está a punto de vivir algo diferente.

La visita tenía además un componente especial. Se esperaba la presencia del seleccionador nacional de fútbol, Luis de la Fuente, Socio de Honor de Km Solidarity. Las obligaciones derivadas de la reciente convocatoria mundialista impidieron finalmente su asistencia, pero el técnico riojano quiso estar presente mediante un vídeo dirigido a los usuarios de la fundación.

Sus palabras fueron recibidas con una ovación cargada de cariño. Muchos recordaban todavía la visita realizada el año anterior junto a Km Solidarity (arriba, en la foto). Entonces repartió abrazos, firmó camisetas y balones y dedicó tiempo a todos los presentes. Aquella cercanía había dejado huella.

La respuesta de los usuarios no se hizo esperar. Grabaron a su vez un mensaje colectivo de ánimo para la selección española. Era una forma de devolver el afecto recibido.

Poco después llegó el momento más esperado. Las motos, colocadas en paralelo, perfectamente alineadas, cada una acompañada por uno de los miembros de la ONG, esperaba a los usuarios de la fundación, que se acercaron de inmediato. Algunos observaban los vehículos con curiosidad; otros apenas podían contener la emoción.

Cuando comenzaron a subir a las motos sucedió lo que sucede siempre en esta ruta: desaparecieron las barreras. Durante unos minutos dejaron de existir diagnósticos, limitaciones o dificultades. Sólo quedaban ellos, sentados sobre una motocicleta, imaginando carreteras infinitas y aventuras imposibles.

El presidente de la Fundación Trébol, Juan Pedro Viñuela, resumió el significado de la jornada con una frase sencilla y contundente: “La visita de Km Solidarity es como un rayo de luz que ilumina la fundación ese día”.

Y era exactamente eso. Las actividades habituales se detenían. Los trabajos quedaban aparcados. La rutina cedía su espacio a una celebración construida con motores apagados, fotografías, conversaciones y sonrisas.

Para quienes observábamos la escena, a pesar de tener la cámara pegada a mi ojo izquierdo, resultaba imposible permanecer indiferentes. Había felicidad en estado puro. Una felicidad sencilla, sin artificios, nacida únicamente del contacto humano.

La mañana concluyó entre fotografías, despedidas y promesas de reencuentro. Pero la ruta apenas acababa de comenzar y debía continuar hacia Albacete. El calor ya empezaba a apretar y los termómetros superaban ampliamente los treinta grados. Sobre la moto, la sensación era todavía más intensa. Ahora tocaba convivir con un sol inclemente que obligaba a detenerse con frecuencia para hidratarse mientras la llanura manchega se extendía ante nosotros como una inmensa alfombra bajo el sol.

Cuando el calor aprieta, la solidaridad continúa

Albacete apareció en el horizonte envuelta en ese calor seco y persistente que parece surgir directamente del asfalto. La agradable temperatura del primer día ya era un recuerdo. Pero hay incomodidades que pierden importancia cuando el motivo del viaje es el adecuado.

A la espera de la siguiente jornada, donde nos dirigiríamos al centro a visitar, hicimos una parada en Albamoción, el concesionario oficial que representa las tres marcas del grupo: BMW, MINI y Motorrad. Allí, entre vehículos y conversaciones moteras, hubo tiempo para contemplar la nueva F 450 GS, una moto pintona y ligera ideal para disfrutar del off-road.

Tras la cena, la mente de todos estaba puesta en el siguiente destino. Sabíamos que volveríamos a asistir a uno de esos momentos imposibles de explicar a quien no los ha vivido. Porque la verdadera gasolina de este viaje no estaba en los depósitos, estaba en las personas.

“La alegría de cumplir un sueño sobre dos ruedas”

Asprona era la siguiente parada. Como en cada visita, las motos fueron colocadas cuidadosamente en paralelo mientras los usuarios comenzaban a acercarse. Al principio predominaban las miradas. Después llegaron las preguntas. Y finalmente aparecieron las sonrisas.

Un chico observaba fascinado el cuadro de instrumentos. Una chica acariciaba el depósito como quien contempla una pieza de museo. Algunos preguntaban si podían subir; otros lo hacían directamente, incapaces de contener la emoción. En pocos minutos las cuatro motocicletas quedaron literalmente conquistadas. Subían a una. Después a otra. Y luego a la siguiente. Cada una parecía ofrecer una aventura distinta.

Muchos nunca habían tenido la oportunidad de sentarse en una moto. Otros igual no lo volverán a hacer hasta que regrese Km Solidarity. Por eso aquel instante adquiría una dimensión especial.

Los monitores fotografiaban cada gesto con sus teléfonos móviles. Sabían que esas imágenes viajarían después a los hogares, a las conversaciones familiares y a los recuerdos que permanecerían mucho tiempo después de nuestra marcha.

Mientras fotografiaba aquellas escenas —yo tengo el honor de captar esos momentos extraordinarios—, pensé en algo que se repite cada año. A menudo se habla de estas personas desde la compasión. Es un error.

Recuerdo perfectamente como alguien, observando la actividad, comentó: “Pobre gente”. Mi respuesta surgió de forma espontánea. “Todo lo contrario. Qué afortunados somos nosotros por poder compartir con ellos momentos como esos. Qué afortunados somos por comprobar que algo tan sencillo como una motocicleta puede transformar una mañana cualquiera en una fiesta inolvidable”.

María Dolores Olivares, presidenta de Asprona Albacete, resumía perfectamente ese sentimiento cuando afirmaba: “Estamos muy agradecidos de que hayáis venido hoy a Asprona”. Pero quizá su reflexión más importante era otra: “No queremos lástima; queremos inclusión”.

Una frase que debería hacernos reflexionar a todos. Porque aquellas personas no piden privilegios. No reclaman compasión. Sólo quieren participar, disfrutar y compartir exactamente igual que cualquier otra persona.

Y eso era precisamente lo que estaba ocurriendo. Durante unas horas no existían diferencias. Sólo personas disfrutando juntas. Sólo sonrisas. Sólo felicidad.

Al abandonar Albacete quedaban todavía cientos de kilómetros por delante, pero también la sensación de haber vivido algo extraordinario. Porque cada visita al centro que sea, y hemos visitado muchos en estos nueve años, lo es.

La ruta continuaba hacia Castellón y posteriormente hacia Teruel. La última etapa esperaba.

Teruel, donde las sonrisas encontraron su destino

Antes de alcanzar la capital turolense realizamos una parada técnica en Castellón para compartir impresiones, recordar anécdotas y comenzar a pensar y reunir ideas para la décima edición de la ruta, aniversario previsto para 2027.

Las conversaciones giraban inevitablemente alrededor de las personas conocidas durante aquellos días. De los abrazos recibidos. De las miradas. De las historias. Y también de quienes ya no están, el añorado Pablo. Porque toda aventura de largo recorrido acumula recuerdos, ausencias y homenajes silenciosos.

Desde Castellón emprendimos el último tramo. Más de cuatrocientos kilómetros separaban Albacete de Teruel pasando por la costa mediterránea. No era una distancia especialmente exigente, pero las altas temperaturas multiplicaban el desgaste físico. Aun así, nadie se quejaba. Cuando uno sabe lo que le espera al final del camino, cualquier sacrificio resulta pequeño.

El Centro Público de Educación Especial Arboleda nos aguardaba en Teruel. Allí encontramos alumnos de distintas edades, desde los más pequeños hasta jóvenes de veintiún años. Al principio predominaba cierta timidez.

Los visitantes eran desconocidos. Las motos imponían respeto. Pero bastaron unos minutos para que la distancia desapareciera. Poco a poco comenzaron a acercarse. A preguntar. A tocar las motocicletas. A sonreír. A algunos hubo que ayudarles a subir. Otros se acomodaron por sí mismos. Todos disfrutaron.

Entre todas las escenas de aquella mañana hubo una especialmente conmovedora: la de una niña conectada a una bombona de oxígeno que no dejó de mostrar cariño y agradecimiento hacia los miembros de la ONG.

Momentos así explican por qué existe esta ruta. Momentos así justifican cada kilómetro recorrido. Momentos así convierten el cansancio en algo irrelevante.

“La normalidad como mejor camino hacia la inclusión”

La teniente de alcalde de Teruel, Carmen Romero, acudió al centro para conocer la actividad. Aunque no pertenece al mundo de la moto, reconocía sentir simpatía por él gracias a varios familiares moteros.

Lo más interesante fue, sin embargo, su reflexión sobre la discapacidad.

Según explicaba, “la sociedad está empezando a mirar a las personas discapacitadas con normalidad”.

Y probablemente esa sea la clave. La inclusión no consiste en señalar diferencias. Consiste en asumir que todos formamos parte de la misma realidad. En convivir. En compartir espacios. En generar oportunidades. En permitir que cualquier persona pueda disfrutar de experiencias como las que propone Km Solidarity.

La mañana transcurrió entre fotografías, conversaciones y nuevas sonrisas. Las últimas de la ruta. O quizá no. Porque en realidad aquellas sonrisas seguirían viajando mucho tiempo después. Viajarían en los teléfonos móviles de las familias. En los recuerdos de los usuarios. En las conversaciones de los monitores. Y también en la memoria de quienes habíamos participado en la expedición.

Cuando emprendimos el regreso a casa llevábamos cerca de tres mil kilómetros acumulados. El cuerpo acusaba el esfuerzo. Pero el balance no podía ser mejor. En todos los centros visitados encontramos gratitud. En todos encontramos alegría. Y en todos encontramos exactamente aquello que habíamos salido a buscar. Sonrisas. Muchas sonrisas.

Eduardo San Vicente, presidente de Km Solidarity (en la imagen de arriba, en el centro, junto a la presidenta de Asprona), lo resumía con dos frases que explican mejor que ninguna otra el sentido de esta aventura. La primera: “Ver esas sonrisas es el motivo por el que hacemos la ruta”.

La segunda, quizá la más importante de todas: “Hemos comprobado que dedicando tiempo se puede hacer felices a las personas”.

Ahí reside el secreto de ‘En busca de la sonrisa perdida’. No en las BMW. No en los kilómetros. No en las carreteras. Ni siquiera en la organización. El verdadero motor de esta ruta es el tiempo que unas personas deciden regalar a otras.

Tiempo convertido en atención. En cercanía. En afecto. En respeto. Tiempo que, durante cinco días, recorrió parte de España sobre dos ruedas demostrando que la felicidad puede adoptar formas muy sencillas. A veces basta una motocicleta detenida en el patio de un colegio. Un casco. Una fotografía. Un abrazo. Y una sonrisa.

La novena edición concluyó en Teruel. Los motores se apagaron —al llegar a casa, no antes—, y las carreteras volvieron a quedar atrás. Sin embargo, algo permaneció encendido. La certeza de que todavía existen personas capaces de dedicar sus vacaciones, su esfuerzo y su pasión por las motos a mejorar la vida de los demás.

Y mientras siga habiendo gente así, Km Solidarity seguirá saliendo a la carretera. Seguirá buscando sonrisas. Y, como ha ocurrido una vez más en esta novena edición, seguirá encontrándolas.

Texto y fotos: José Mª Alegre

Patrocina: Neumáticos Continental

Colabora: Gobierno de La Rioja

Etiquetas: km solidarity

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