
Ha recorrido más de un millón de kilómetros sobre 15 motos, ha participado en 530 concentraciones y hoy transmite su pasión como guía del Museo de la Moto de Alcalá. Luis Miguel Ballesteros, ‘el Mudo’, repasa una vida marcada por la carretera, la amistad y la memoria.
Va de una moto a otra enlazando historias con la misma facilidad con la que otros pasan las páginas de un libro. Guía al visitante entre motos Bultaco, Puch, Ossa y otras joyas que engrandecen el precioso Museo de la Moto de Alcalá de Henares, ubicado en la antigua fábrica Gal, un edificio protegido que realza con orgullo los tesoros que allí se exponen. Hace gala de una memoria prodigiosa y de un conocimiento enciclopédico del mundo de las dos ruedas mientras explica por qué un modelo marcó una época o quién lo llevó a la gloria. Habla de cilindradas y prestaciones, sí, pero, sobre todo, cuenta vidas. Porque detrás de cada depósito, de cada manillar y de cada carburador se esconde una historia. Y Luis Miguel Ballesteros Sánchez-Tercero (Alcalá de Henares, 1953), más conocido por el Mudo, parece conocerlas todas.
En las redes sociales se hace llamar Koldo Mikel Arteaga, un nombre que no responde a genealogías vascas, sino a una adhesión afectiva nacida de niño, cuando viajó con su padre a Bermeo para comprar conservas y descubrió “lo verde, las fiestas, todo el ambiente que había”. Aquel paisaje del País Vasco se le quedó dentro como una promesa. “A los 10 años ves aquello y yo quería vivir allí”, recuerda. Su padre, agente comercial, le explicó con una lógica sencilla por qué no podían mudarse: “En Alcalá vendo las sardinas porque no hay mar y en Bermeo no puedo porque aquí son pescadores”. El razonamiento fue convincente, pero no apagó la fascinación por esas tierras.
Luis aprendió el amor por las motos en casa, su padre tuvo una Ducati Cucciolo, que cambió poco después por una Lube y, posteriormente, por una Vespa de segunda mano. Así, entre herramientas, viajes y relatos, creció Luis. Su padre le hablaba de unos aventureros que estaban dando la vuelta al mundo en Vespa. Cuando le dijo que cruzaban Estados Unidos, el niño soltó: “Tendrán que tener cuidado con los indios y las flechas”. Era 1962 y aquella era la imagen que el cine había construido de América para un niño de aquí.
Años después conoció a Antonio Veciana, uno de los protagonistas de aquella aventura. Se acercó para pedirle que le firmara un libro y le dijo: “Pon para el Mudo”. Veciana reaccionó sorprendido: “No me digas que eres el Mudo, con las ganas que tengo de conocerte”. El círculo se cerró cuando Luis le propuso hacerse una foto en el mismo lugar donde, seis décadas antes, su padre le había hablado de aquella vuelta al mundo. “Se me puso la piel de gallina”, admite.
De la Derbi obrera a la cultura de la carretera
Después de la mili entró a trabajar en la fábrica de Roca, muy cerca del edificio que décadas más tarde acabaría albergando el Museo de la Moto de Alcalá. Tenía un Vespino, pero pronto compró una Derbi de tres marchas, “la típica Antorcha de currante”. La pintó de manera artesanal, usando un bote de matamoscas, “porque entonces no había sprays como ahora”. Aquellos años mezclaban precariedad, ingenio y una espontaneidad que hoy parece casi inconcebible. Con unos amigos se colaba en la base norteamericana de Torrejón de Ardoz y, entre soldados estadounidenses y terrenos improvisados, competía con los yankees dando saltos con la moto sobre el polvorín cubierto de tierra. No había circuito, pero sobraban las ganas.
La Ducati 24 Horas y una Bultaco Matador llegaron después. Sin embargo, los turnos en Roca le complicaron la competición y el montañismo, su otra gran pasión. Trabajaba seis fines de semana seguidos y descansaba dos. En lugar de resignarse, encontró otro camino: viajar. “Como tengo la moto de carretera y conozco a gente de algunas concentraciones, me voy a Barcelona”, se dijo. Allí visitaba fábricas, talleres y amigos; escuchaba historias, preguntaba, miraba. Sin estudiar de manera académica, fue construyendo una cultura motociclista alimentada por la experiencia directa, la conversación, la lectura de las revistas del sector y la curiosidad.
El montañismo fue, efectivamente, la otra gran pasión de Luis, una escuela de esfuerzo y superación donde compartió experiencias con referentes como César Pérez de Tudela y Carlos Soria. Conserva, además, una curiosa anécdota con Edurne Pasaban: la pandemia frustró el encuentro en el que quería que le firmara un libro, aunque tiempo después logró reencontrarse con ella en la Feria del Libro de Madrid.
“Te importa dedicarme el libro, le dije, tengo que volver enseguida al Museo de la Moto y voy a hablar de una paisana tuya que tenemos allí’.
“Ah, sí, de una moto que se hizo en Tolosa”, respondió la alpinista, demostrando el conocimiento que tiene de la tradición motociclista de su localidad.
“El montañismo me ha apasionado. He vivido momentos difíciles, incluso un principio de congelación, y asumido mucha responsabilidad porque solía ir con gente más joven. También subí al Naranjo de Bulnes, pero poco a poco fui dejándolo”, admite el Mudo.
En 1980 llegaron los fines de semana libres y con ellos la época de las grandes concentraciones. Compró una Vespa y empezó a viajar con una intensidad que hoy asombra. En 1983 se marchó a la antigua Yugoslavia y regresó en 29 horas tras recorrer 2.010 kilómetros. Al año siguiente fue a Elefantes, en Salzburgo, su concentración número 80. “Me hice 6.000 kilómetros en nueve días”, recuerda. Encontró nieve desde Alcolea del Pinar, cruzó el Brenner Pass entre camiones atascados y llegó con un metro de nieve esperándole. Donde otros habrían visto una locura, él encontró una confirmación: la carretera también podía ser épica.
La madre y la compra de la Moto Guzzi blanca de Salamanca
Una de las páginas más hermosas de su biografía la protagoniza su madre, Carmen, que ya en 1959 viajaba con su marido a lomos de la Vespa, “como cuando fueron a Benidorm y a ella no la dejaron entrar en un bar porque iba en pantalón corto”, cuenta el Mudo.
En octubre del 83, ya viuda, le dijo que quería ir con él en moto. Luis intentó advertirle: “Le dije que las cosas habían cambiado mucho, que ella tenía artrosis y 73 años”. Ella respondió con una frase que todavía conserva su fuerza: “Papá se murió hace cuatro años, yo me aburro aquí en Alcalá y para estar pendiente de lo que te pueda pasar, me voy contigo”. Él puso una condición: había que llevar casco. “Consígueme uno”, contestó ella. Y se fueron a Zaragoza a la concentración de las Fiestas del Pilar, “y le dieron un trofeo por ser la participante de más edad y tan contenta que estaba ella”, sonríe.
En 1984 compró una BMW R65 LS con carenado de R100 y volvió a Elefantes. Vendió la Vespa con un año y un día y 26.000 kilómetros. Le puso maletas a la BMW y siguió viajando. Pero los 51.000 kilómetros hechos en un año y el manillar bajo le pasaron factura en las cervicales. Envió a su madre al médico con las radiografías y al regresar ambos de otra concentración de las Fiestas del Pilar, la de 1985, ella le contó que había llegado a un acuerdo con el facultativo para convencerlo de comprar una moto más cómoda. “Si hubiera ido yo solo, me hubiera dicho que dejase la moto”, sospecha.
Luis, con la Moto Guzzi en su garaje-refugio donde guarda los recuerdos de su millón de km
Así apareció la Moto Guzzi California blanca de Salamanca — “no la cambio porque rima”, confiesa el Mudo—, una montura que se volvió legendaria en su vida. Tenía 8.000 kilómetros y tres años. Ahora acumula 440.000. “La compré de segunda mano cuando me dijo el médico que buscara una moto más cómoda”, explica. Y añade, con su humor habitual, que la tiene “por prescripción facultativa”, aunque “sin receta médica”. La postura más elevada de la moto, la rehabilitación y la constancia hicieron el resto. Las cervicales dejaron de quejarse y él, en lugar de dosificarse, hizo 185.000 kilómetros en los tres años siguientes, a un ritmo de casi 62.000 al año. “No se lo dije al médico, claro”, reconoce.
La caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, provocó la apertura del Telón de Acero y también una oportunidad que Luis no estaba dispuesto a dejar escapar. Sin pensárselo dos veces, le propuso a su madre una nueva aventura: “¿Te animas a ir a Hungría y Checoslovaquia?”. Ella aceptó con un escueto “tú verás”. Tramitaron los visados y emprendieron el viaje. De aquellos días conserva lo que considera una fotografía histórica —abajo—: “El Parlamento de Budapest al fondo, el Danubio y la moto con mi madre, que entonces tenía 78 años”. De camino hicieron un alto en Módena para ver competir a Jordi Tarrés y coronaron el Stelvio. “Ya que salimos por ahí, recorremos todo lo que se pueda”, resume el Mudo.
530 concentraciones y un millón de kilómetros
Luis ha tenido quince motos, máquinas que resumen una existencia. Siete marcas diferentes, cuatro Vespinos, una Vespa, dos Moto Guzzi, una BMW, una Kawasaki KZ 400, la Derbi, la Ducati 24 Horas. Algunas se recuerdan por lo que fueron; otras, por lo que permitieron vivir. Su Vespino llegó a los 208.000 kilómetros antes de que se fundiera la aguja del cuentakilómetros por el calor. Él lo llama “disfrutekilómetros”, como si el aparato no midiera distancia, sino alegría.
Por eso calcula que ha superado el millón de kilómetros. La Moto Guzzi aporta 440.000; la Vespa, 27.000; la BMW, 51.000; el Vespino, 208.000. Faltan la Ducati y tantas otras carreteras no registradas. Lo importante no es el número, sino la vida que contienen.
También están las concentraciones, que ya suman 530. En 2006 alcanzó la número 300 en Calanda, Teruel, con una pegatina célebre en la moto: “Ni los tambores de Calanda callan al Mudo”. La 400 llegó en Arguis Monrepós y Javalambre. En enero de 2023 celebró la número 500 el mismo día que cumplía 70 años. De Pingüinos tiene el hito de algo al alcance de muy pocos: “Puedo presumir de haber hecho las 43 ediciones”. Su apodo contribuyó a la leyenda del personaje y de ella surgen anécdotas, como la que cuenta él mismo: “Ves en Pingüinos un grupo de gente y dicen ‘el Mudo estará en el centro explicando algo, enseñando fotos o cualquier cosa’”.
Cantar, llorar, pensar… bajo el casco
Cuando se le pregunta si la moto es un estilo de vida, no duda: “En mi caso sí”. Pero su respuesta más íntima aparece al hablar de lo que siente cuando conduce. No se conforma con la fórmula de la libertad, tantas veces repetida. “Sensación de libertad dicen todos, pero para mí es compenetrarme con la naturaleza, sentir la sola caricia del viento sobre la piel, integrarte con ello”. La frase tiene algo de broma y de verdad. La moto permite el viento, pero también los mosquitos; la belleza del paisaje y el calor abrasador; la plenitud del viaje y la obligación de protegerse en invierno, «no ir con chanclas y a lo loco». Porque, para el Mudo, disfrutar de la carretera nunca ha estado reñido con ir bien equipado y conducir con cabeza.
Ha tenido cuatro o cinco caídas sin importancia, “de esas de levantarse, sacudirse el polvo, arrancar y continuar”, asegura. Reconoce que ha tenido suerte. También reconoce que los años enseñan. Ya no corre. Una lesión en el tobillo, hecha caminando, le limita el movimiento del pie sobre la moto y le recuerda que el cuerpo no es el de antes. “Ahora circulo tranquilo, a 120 o 130 km/h como mucho, porque ya no tenemos edad”, dice sin dramatismo.
Bajo el casco no hay silencio. Hay memoria. “Lloro muchas veces, me emociono, me trae recuerdos, rebobino imágenes, canto, pero siempre pendiente del tráfico”. La carretera es un lugar de introspección, aunque nunca de abandono. Con los años se aprende a leer al vehículo de delante, al que se acerca por el lateral, al que va a jugártela en una rotonda aunque lleves el intermitente puesto. “Intuyes perfectamente lo que va a hacer el vehículo de delante o el de al lado, porque te va tu integridad en ello”. En el Vespino sentía que nadie le respetaba. “Con la Moto Guzzi parece que me respetan un poco más”, asiente.
El Museo como refugio de memoria
La pandemia le obligó a detenerse y pensar. El año anterior había acudido a 80 eventos relacionados con la moto: viajes, presentaciones, documentales, patrocinios, compromisos de amigos. Aquello no era sostenible. Entonces llegó el Museo de la Moto de Alcalá. En otoño de 2021 los hermanos Lozano, “con los que me llevo muy bien desde pequeñito”, afirma, le llamaron: había luz verde para un proyecto que venía de 2008, pero había que inaugurarlo antes del sorteo de Navidad. Menos de cuatro semanas para levantar un museo.
Trabajaron 70 personas, 17 horas al día. La víspera de la inauguración terminaron a medianoche. Al día siguiente, tras el acto, Luis salió hacia Huesca para reunirse con amigos de Lleida, Girona y Tarragona y comer unos ‘cargols a la llauna’. Les enseñó la foto de la inauguración. “Fue muy emocionante, porque fueron cantidad de amigos de todos los lados. He tratado con miles de personas del mundo de la moto y muchos estaban allí y se me puso la piel de gallina”.
Luis no se presenta como técnico absoluto. Para las cuestiones más especializadas cuenta “con Juanjo o José Antonio, que ha restaurado muchas motos”. Lo suyo es contar la historia. “A la gente le gusta la historia, que eso genera muchas preguntas”. Y en ese intercambio se produce la verdadera vida del museo: “Visitantes que se emocionan, que se echan a llorar, te cuentan vivencias, aventuras. Me asombra lo mucho que saben las mujeres, te dan lecciones de modelos y mecánica, me descubro. Pilotos que no conocían esos modelos y así todo”, explica.
A Luis le han hecho catorce homenajes en vida tras jubilarse. Lo cuenta con gratitud y humor. Cuando recibió uno de esos galardones —el último, el Premio de Honor Mototurismo 2026— confesó, entre risas, que se marchaba “contento, pero cabreado”, porque “en Cine de barrio los homenajes solían preceder a la despedida”. No quiere que lo archiven todavía. Sigue en activo, aunque con el pistón algo menos revolucionado. “Cuando llegue el momento, ya veré”, dice con la serenidad de quien ha aprendido a dejar que sea el tiempo quien marque el ritmo. Mientras tanto, continúa regalando esa sonrisa perenne que le caracteriza, improvisando soluciones cuando surge un problema y estando siempre donde alguien necesita una mano… o una buena historia. El Mudo, explica, también puede entenderse como las siglas de “motorista universal, divertido y ordenado”.
Luis tiene 73 años y ya no quiere viajar como antes. “El cuerpo también manda”. El Museo le ha dado un centro de gravedad, una manera de seguir en la carretera, aunque muchas horas las pase ahora entre maravillas de dos ruedas y visitantes. No descarta en un futuro una moto más ligera, aunque mira con distancia las eléctricas, esas “minipimer” que no terminan de convencerle. “Ya veremos”, resume.
Cuando se le pide una palabra para definir la moto, Luis no duda: “Para mí es un sentimiento tremendo, un vínculo que he tenido para relacionarme con mucha gente”. La moto le sirve para viajar, para hacer amigos, para ganarse simpatías, para escuchar y ser escuchado. Fue, y sigue siéndolo, parte de su trabajo y de su ocio, de su familia y de su memoria. Fue la carretera hacia Bermeo, la Vespa de sus padres, la Derbi de currante, la Moto Guzzi blanca de Salamanca, la nieve de Elefantes, la madre, fallecida en 2001, compartiendo con su hijo 143 concentraciones, la última el mismo año de su óbito, con 88 años; el Vespino peregrino, las 43 ediciones de Pingüinos y las preguntas de los visitantes del Museo.
Luis Miguel Ballesteros, el Mudo, habla mucho porque tiene mucho que contar. Y quizá por eso su apodo resulta tan acertado: porque la ironía también es una forma de cariño. Bajo esa sonrisa permanente hay una vida entera atravesada por motos, frío, calor, amistad, memoria y viento. Una vida que demuestra que hay quienes entienden el viaje no como un destino, sino como una manera de permanecer siempre en movimiento.
Por José Mª Alegre (texto y fotos firmadas)
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