
Enero de 2026 volvió a teñir de humo de hoguera, chupas heladas y sonrisas sinceras el pinar de Cantalejo. Con mi BMW F 850 GS como fiel compañera, temperaturas suaves para lo que dicta el calendario y casi sin lluvia, regresé una vez más a La Leyenda, donde 13.500 motoristas demostramos que este encuentro no es solo una concentración, es un ritual.
Hay viajes que no necesitan mapa. Basta con subirse a la moto, pulsar el arranque y dejar que ella misma marque el rumbo, porque el camino ya lo tiene aprendido tras repetirlo año tras año. Así comenzó, en este 2026, mi peregrinación invernal hacia Cantalejo. En esta edición, décimo aniversario del evento, la climatología no fue especialmente cruel con nosotros: el termómetro se dejó caer tímidamente hasta los –1 ºC, pero sin mordiscos serios, y el cielo respetó a la caravana motera con una lluvia casi anecdótica. Lo justo para recordar que esto es invierno y que La Leyenda se honra atravesándola, no evitándola.
Salí con mi BMW F 850 GS cargada con las cámaras, el equipaje y un montón de expectativas. Esta moto, noble y viajera, volvió a demostrar por qué es una aliada perfecta para largas distancias: estable en autovía, cómoda en las carreteras secundarias, disfrutona en los tramos serpenteantes y sorprendentemente ágil cuando el asfalto se vuelve irregular -algo cada vez más habitual-. En invierno, cada kilómetro se siente distinto. El aire es más denso, el olor a leña aparece antes de llegar al destino y las manos buscan refugio constante en los puños calefactables. Pero existe también una recompensa silenciosa: el paisaje se vuelve más honesto, despojado de filtros y distracciones. Y, aun así -o precisamente por eso-, más bello. Como Navacerrada, que, a mi paso, incluso privado de la espesura de la nieve caída días atrás, seguía ofreciendo en las cunetas, en las laderas y en las cumbres una visión agradecida, un regalo para la mirada.
Como ya es tradición personal, mi base de operaciones fue El Zaguán, en Turégano -donde Mario-, a apenas 16 kilómetros de Cantalejo. Un hotelito más que digno por acogida, precio y ese encanto rural que no se fabrica. Volver allí es casi tan importante como llegar al pinar, centro cantalejano de la concentración. Y si hay algo que convierte el alojamiento en experiencia es su restaurante: el cordero y el cochinillo no solo cumplen, directamente brillan. Después de una ruta de algunas horas, sentarse ante un plato caliente, crujiente por fuera y tierno por dentro, es un acto de justicia poética.
Cantalejo volvió a rugir. Este año la organización, bien liderada de nuevo por Mariano Parellada y Mayte García Batalla, junto a su engrasado equipo, cifró la asistencia en torno a 13.500 motoristas, llegados de todos los rincones de España y de buena parte de Europa, con alguna matrícula que delataba viajeros todavía más lejanos. No es solo el número lo que impresiona, sino la diversidad: trails cubiertas de barro junto a custom cromadas, deportivas veteranas compartiendo espacio con maxitrail modernas, mucho sidecar venido de Francia, jóvenes primerizos -chicos y chicas enganchad@s ya a este ritual moter@ invernal- mezclados con veteranos que llevan larga vida sobre dos ruedas. Esa convivencia intergeneracional es uno de los secretos mejor guardados de La Leyenda.
Nada más llegar al pinar, el ambiente se te pega a la ropa. El olor a gasolina se mezcla con el de las hogueras, el murmullo constante de conversaciones se interrumpe de vez en cuando por el arranque de una moto o por una carcajada colectiva. Aquí nadie pregunta demasiado: basta una mirada, un gesto de saludo para iniciar conversación. Es curioso cómo personas que, en una gran mayoría, solo nos vemos una vez al año nos abrazamos como si nos hubiéramos despedido ayer. En La Leyenda, el tiempo funciona de otra manera.
Este año, en el que el cartel del evento lo firma mi amigo Alfonso Gordon -en 2024 tuve el honor de rubricarlo yo-, volví a sentir esa sensación tan particular de estar exactamente donde quieres estar. Caminando entre tiendas, motos y fogatas, haciendo fotos con mi nueva cámara R5 -¡una maravilla!-, escuchando historias de viajes imposibles, averías heroicas y rutas soñadas, uno se reconcilia con la esencia más simple del motociclismo: compartir. Compartir frío, comida, cervezas, anécdotas de todo tipo y silencios cómodos mirando el fuego.
Las actividades, como siempre, sirvieron de hilo conductor: rutas organizadas; homenajes; el espectacular Saludo de Hermandad desde el Castillo de Turégano; el emotivo Desfile de Antorchas; conferencias; la Nochevieja Motard tomando los 12 piñones, encargándose de ella Miguel Ángel de la Fuente, reportero gráfico, y la campeona del Rally TT, Bea Díez Romano; conciertos a cargo de Lagartos, DJ Goyo, Rock Band La Dulce Harleey; el show stunt de Emilio Zamora y momentos institucionales que ya forman parte del ritual.
Pero lo verdaderamente importante ocurre entre medias, en esos territorios invisibles que no figuran en el programa oficial: “Las chicas de Alegre”, como se autonombraron en un homenaje que me regalaron las moteras entrañables a las que entrevisté y cuya amistad sigo celebrando hoy, a las que se suma Ana van der Sluis, la chica off-road que invita a perseguir los sueños dejando el miedo atrás; el desconocido que te tiende un trozo de chorizo a la brasa, incluso un calçot; el grupo que te adopta para unas birras sin pedir credenciales, y así, una cadena de encuentros mínimos que acaban siendo lo más grande.
La noche volvió a ser territorio del fuego. Hogueras repartidas como faros cálidos en medio del frío, risas que rebotan entre los árboles y conversaciones que empiezan hablando de motos y terminan hablando de la vida. Allí, con la chupa cerrada hasta el cuello, gorro calado hasta las orejas y el humo impregnando la ropa, recordé por qué sigo viniendo año tras año: porque aquí no eres cliente, eres parte.
El domingo amaneció con ese silencio raro que se produce cuando miles de personas empiezan a marcharse poco a poco. El pinar se va vaciando, quedan huellas de neumáticos, restos de ceniza y abrazos pendientes para el año siguiente. Recogí el equipaje, cargué la BMW, me pasé por el pinar y antes de arrancar miré alrededor una última vez. Hay despedidas que no duelen porque vienen con promesa incluida.
El regreso siempre es más reflexivo. La carretera se convierte en un espacio de balance personal: lo vivido, lo compartido, lo aprendido. Pensé en lo fácil que sería quedarse en casa por el frío, por la pereza o por la comodidad. Y en lo necesario que es, a veces, hacer justo lo contrario: salir, exponerse, rodar.
La Leyenda 2026 no fue solo una edición más. Fue la confirmación de que este encuentro ha trascendido la etiqueta de concentración motera para convertirse en un punto de encuentro emocional. Aquí no se viene solo a enseñar moto ni a acumular kilómetros. Se viene a recordar por qué empezamos a montar en moto: por libertad, por camaradería y por esa sensación de aventura que se activa cada vez que giras el puño.
Yo ya he marcado enero del año que viene en el calendario. No sé con qué moto llegaré, ni qué tiempo hará, ni cuántos seremos -muchos, de eso estoy seguro-. Lo único cierto es que volveré a buscar el mismo fuego, el mismo frío amable y ese abrazo colectivo que, durante un fin de semana, convierte a Cantalejo en el corazón motero del invierno.
Porque La Leyenda no se cuenta, se vive. Y una vez que entras en su círculo, ya no hay marcha atrás.
Texto y fotos: José Mª Alegre
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