
No, Agustín Ostos no tiene prisa por irse, aún le quedan muchos proyectos. Pero esa frase resume la satisfacción de quien ha cumplido el sueño que se propuso siete años antes de iniciar el viaje que lo llevó a recorrer América en moto, narrándolo en las RRSS. El precursor de ‘Soy Tribu’ repasa esa aventura vital con la serenidad de quien ha vivido exactamente la vida que quería.
Agustín Ostos (Llerena, Badajoz, 1990) es de palabra docta, ríe con facilidad y salta de un pensamiento a otro con la energía de quien todavía está regresando de un viaje demasiado largo. Siete años recorriendo el continente americano en moto dejan huella en el cuerpo y en la cabeza. “Ahora estoy recuperándome física y psíquicamente”, admite, ya de vuelta en España tras completar el proyecto Soy Tribu, una aventura que lo llevó por 25 países y más de 140.000 kilómetros.
Un descanso físico y metal que le ha llevado incluso a prescindir de las redes sociales: “Me las he desinstalado del teléfono, que es un gran paso. Y también me he bloqueado el acceso a los periódicos. Ayer si eché una horita y media leyendo prensa, por lo de Irán, pero quiero emplear el tiempo en otras cosas”, reconoce.
Abogado con la toga aún por estrenar, Ostos salió en 2018 con una BMW F 650 GS restaurada, una moto de mil manos a la que bautizó Supernova. Su estado, a pesar del ‘apaño’, no despertaba demasiadas garantías y, como recuerda entre risas, “muchos no daban un duro por mí”. Después se reivindica, todavía con la sonrisa puesta: “Me da mucha satisfacción haberles callado la boca a todos; aquí se manifiesta un poco el ego”, dice, subrayando el éxito de su aventura.
Una aventura que, sin embargo, Supernova no llegó a completar. Su vida en el viaje duró lo que dura un parto, nueve meses, hasta que el desgaste del camino obligó a sustituirla. Entonces llegó una flamante BMW F 850 GS, SuperSupernova, con la que continuó la travesía hasta finalizarla en 2025. Entre una y otra moto se acumularon cámaras, drones y miles de horas de grabación que acabarían convertidas en 450 vídeos publicados en YouTube.
Cuando recuerda el origen de todo, Ostos suele recurrir a una frase que repite con ironía: “Hice Derecho, pero salí torcido”. No es una provocación, sino una forma de explicar su manera de entender la vida. “Para tomar la decisión de hacer un gran viaje en el formato que sea, un poquito curvo tienes que ser”, dice entre risas. En su memoria aparece un poema de Jesús Lizondo sobre lo recto y lo curvo. “Hay cosas cuya esencia es recta, pero yo me siento más bien una persona curva. Y cuando te vas de viaje te encuentras muchas curvas, no solo en la carretera”.
Durante siete años, esa idea de la curva se convirtió en una forma de vida. Ostos atravesó montañas, selvas y desiertos documentando culturas, comunidades y personas. “Entre medias se ha colado algún país más”, dice, restando solemnidad a un recorrido que abarca prácticamente todo el continente americano.
La cifra de siete años, además, le produce cierta fascinación. “Curiosamente tardé siete años en salir desde que se me ocurrió la idea, cuando tenía 21. Y el viaje ha durado otros siete”, reflexiona. No sabe si hay algo simbólico en esa coincidencia, pero reconoce que le intriga. “¿Qué significará? Dicen que el siete marca aperturas y cierres de ciclo; que es un número perfecto para un ciclo vital importante. Siendo así, considero que lo sé”.
La pregunta inevitable aparece enseguida: ¿Qué habría sido de Agustín Ostos sin moto? Él mismo se detiene unos segundos antes de responder. “La moto y el proyecto asociado a ella me han cambiado la vida”, admite. Imagina una vida alternativa en la que nunca se hubiera marchado: “Supongo que tendría una productora audiovisual en Madrid y quizá estaría arrepintiéndome de no haber tomado la decisión, quién sabe, y a lo mejor estaría también casado y con hijos”.
El viaje fue, en cierto modo, la forma de evitar ese arrepentimiento, y el de cumplir los sueños, aunque salgan mal: “Sin duda alguna. Pero siempre hay que tener un sueño en la recámara”, sostiene. “La gente que se queda sin sueños entra en una apatía enorme”. El suyo era recorrer América y contar lo que encontrara por el camino. “Ese sueño lo doy por cumplido”, afirma. Y entonces pronuncia la frase que da título a la entrevista: “Creo que me podría morir relativamente tranquilo”.
No lo dice con dramatismo, sino con una mezcla de ironía y serenidad. “Espero que no ocurra pronto”, añade entre carcajadas. Pero la reflexión es sincera: “A veces piensas qué pasaría si te murieras mañana. Y te preguntas si estarías tranquilo con lo que has hecho. Yo siento que el sueño más importante lo he cumplido”.
Soy Tribu nunca fue un simple viaje en moto. Desde el principio, Ostos quiso que el proyecto tuviera una dimensión humana. “Yo llegué con una idea de lo que quería contar, pero en el primer mes ya cambió”, recuerda. El propio viaje empezó a marcar el rumbo. “A veces pienso que el viaje me utilizó como un canal, como un mensajero”.
Para explicarlo recurre a una imagen que le gusta, la de los chasquis, los jóvenes mensajeros del imperio inca que corrían llevando noticias entre pueblos. “Algo así me sentía yo”, dice. “El viaje me iba enseñando lo que había que contar”.
Esa capacidad de dejarse llevar también se reflejó en su manera de trabajar. Durante el viaje, confiesa, fue extremadamente crítico consigo mismo. “Me fustigaba mucho pensando que lo que hacía no tenía suficiente calidad”. Le preocupaban el sonido, el color, la narrativa. “Pensaba que todo era insuficiente”.
Con la distancia, la mirada ha cambiado. “Ahora lo veo con más compasión”, reconoce. “Hice lo que pude con la energía que tenía en medio del viaje”. Incluso los primeros vídeos, técnicamente más rudimentarios, le provocan cierta ternura. “Los veo y pienso: ‘Estaba aprendiendo el pobre muchacho’”.
Si tuviera que elegir un lugar que lo marcó especialmente, no duda: Colombia. Y dentro de Colombia, Medellín. Pero cuando habla de personas, la lista se vuelve interminable. Finalmente menciona a Eduardo Mariño, un artista callejero brasileño cuyo pensamiento crítico le abrió los ojos. “Me enseñó a ver los problemas sociales desde otro ángulo”, explica.
Aquel encuentro fue revelador. Mariño, hijo de un militar, decidió vivir durante dos años en las calles junto a los mendigos para entender la realidad desde dentro. “Me voló la cabeza”, recuerda Ostos.
Entre los momentos de felicidad pura, hay uno que sobresale sobre los demás. Ocurrió en el paso internacional de Los Libertadores, entre Chile y Argentina. “Era la primera vez que hice una ruta de off-road de alta montaña con tierra suelta y curvas cerradísimas”, recuerda. El camino serpenteaba junto a un acantilado y el aire escaseaba. “La mente no dejaba de decirme: ‘¿Qué haces aquí si no sabes?’”.
Se cayó dos o tres veces antes de alcanzar la cima. Cuando llegó al Cristo Redentor de los Andes, una gran escultura metálica que corona el paso, “se me saltaron las lágrimas. Fue uno de los momentos de mayor satisfacción, porque yo no sabía si era capaz de hacer o no lo que hice. También sentí mucha satisfacción cuando llegué al cartel de Alaska”.
Claro que también hubo momentos de miedo. Muchos. “Los típicos de carretera se olvidan rápido”, dice. Pero los sustos prolongados dejan huella. “Durante días te planteas todo”. La mente imagina escenarios extremos: “Se te vienen muchas imágenes a la cabeza, cómo sería tu entierro, la reacción de la familia, de tus amigos… Es como si el cerebro te obligara a visualizarlo para que tengas más cuidado”.
No todo fue peligro ni épica. También hubo historias que marcaron profundamente el proyecto, como el documental Buscando a Lisette. En él, Ostos y el documentalista Pablo García Inés siguen la pista de una antigua guerrillera colombiana desaparecida durante años.
La idea surgió durante la pandemia, cuando ambos buscaban un proyecto con sentido. “Queríamos contar algo relacionado con el conflicto armado en Colombia”, explica. Encontrar a Lisette llevó meses de investigación y años de edición. “Entre una cosa y otra, casi cinco años”.
Un lustro después tras Lisette, ese esfuerzo dará finalmente su fruto: el documental se proyectará en pantalla grande “en los cines Yelmo, aquí, en Madrid, con un coloquio; ojalá también en Barcelona y, algún día, en Colombia”, cuenta ilusionado.
Después de siete años en ruta, Ostos necesitaba detenerse. El ritmo había sido agotador: “Son muchas rutas en tierra, días enteros conduciendo. El estar siempre activo, de una forma u otra. Hacer tres días en moto y otros tres de edición, sin parar, el cuerpo se resiente y la cabeza también. Necesitaba una pausita”, concluye.
Durante el viaje gestionaba casi todo, grabación, montaje, sonido y publicación en redes. Aunque contó durante un tiempo con una editora y más tarde con otro montador, la mayor parte del trabajo seguía pasando por sus manos. “Ellos podían editar quizá el sesenta por ciento, pero yo revisaba sonido, color, la exportación, grababa la voz en off y lo subía a las redes”, esperándolo centenares de miles de seguidores: ¡855.000 solo en Instagram!
El esfuerzo técnico fue enorme. A lo largo del proyecto calcula haber invertido entre cincuenta y sesenta mil euros solo en material audiovisual: Siete drones, varias cámaras, lentes, micrófonos, una colección de cámaras deportivas y una larga lista de discos duros donde almacenar todo el material grabado. “Solo en discos duros llevo más de una docena, y el sistema de almacenamiento grande que tengo en casa costó cinco mil euros”, explica.
Esa infraestructura técnica fue creciendo al mismo ritmo que el proyecto. “Al principio hacía lo que podía con lo que tenía; luego fui aprendiendo y mejorando el equipo”.
La moto le ha dado vida y salario. “Me ha dado ambas; se ha convertido en mi trabajo”, asegura. Junto a las cámaras, añade, es hoy una de sus herramientas fundamentales para ganarse la vida. Pero también subraya lo excepcional de su caso. “Hay gente que vive del mundo de la moto haciendo comparativas de producto, test, video pruebas o todo lo que rodea a las motos deportivas”, comenta. Otra cosa, muy distinta, es vivir de viajar en moto. “La gente que quiere vivir de un viaje en moto… ¡es que no llegamos a diez en todo el mundo!”.
Esa rareza le produce una satisfacción especial. Recuerda haber leído hace un par de años un artículo —“no me acuerdo si en El País o en El Mundo”, dice— en el que se afirmaba que hoy “ser youtuber y vivir de ello es más difícil que jugar en Primera División de fútbol”. Lo explica con una sonrisa: “Estadísticamente hay más jugadores que lo logran”. Por eso, dentro de un nicho tan específico como el de los viajes en moto, reconoce sentirse afortunado. “Estoy supercontento”, reconoce.
Al principio, sin embargo, la relación con el dinero le generaba dudas. “Pensaba: ¿Estará mal que gane dinero?”. No tanto por el viaje en sí, aclara, sino por cómo se entremezclaban esas historias con las comunidades y tribus que iba encontrando en el camino. A veces esa mezcla le incomodaba. Pero entonces hacía balance del recorrido: “Siete años con muchas noches pagando hoteles, hostales, comida, reparaciones, gasolina…”. Más todo el material audiovisual antes citado. Y entendía que también había detrás un esfuerzo sostenido, una forma de trabajo que había ido construyendo kilómetro a kilómetro.
Cuando se le pregunta cómo era el joven que salió a recorrer América y cómo es la persona que ha regresado, Ostos vuelve a reír. “En muchas cosas sigo siendo el mismo subnormal”, dice con ironía. Pero reconoce que el viaje lo ha transformado. “Creo que soy más empático, más analítico, y que tengo más herramientas para entender el mundo”.
También ha aprendido a escuchar. “He desarrollado una apertura a otros puntos de vista, aunque no los comparta”, añade. El viaje, dice, le ha obligado a cuestionar muchas certezas.
En el camino también hubo renuncias, aunque él prefiere no dramatizarlas. “Como lo que más quería era hacer el viaje, no sentía que estuviera renunciando a nada”, explica. Sin embargo, con el tiempo reconoce que hubo sacrificios inevitables. “He renunciado a algunas relaciones de amor durante el viaje y a la posibilidad de que ciertas cosas hubieran funcionado de otra manera si me hubiese quedado en Madrid”.
Hubo momentos en los que echaba de menos la vida cotidiana de sus amigos. “A veces me mandaban una foto de una fiesta en Madrid y pensaba, ‘me hubiera gustado estar ahí’”. Pero el miedo verdadero era otro: “Lo que más me habría martirizado, de haber sucedido, habría sido renunciar a pasar más tiempo de calidad con mis padres y que uno de ellos hubiese muerto”, algo que, afortunadamente, no ha sucedido.
Quizá por eso ahora quiere quedarse una temporada en España antes de volver a salir. “Para poder irme otra vez con la tranquilidad de haber estado cerca de ellos”.
Ahora, en esa pausa que disfruta, trabaja en un libro sobre el viaje. La primera página ya está escrita. “He pasado tres semanas poniéndome excusas para no empezar. Porque un libro es un proyecto largo”, reconoce. Su primer ‘hijo literario’ espera “tenerlo a tiempo para los BMW Motorrad Days de 2027”.
Además del libro, sus planes más inmediatos pasan “por un proyecto en Baleares con mi madre, en mayo. Otro en Pirineos con la F 450 GS, volver a Alaska, tutoriales, las Islas Canarias y alguna cosita más”.
Durante todo este tiempo, las motos BMW han sido compañeras inseparables del proyecto. Ostos reconoce que la relación con la marca ha evolucionado con los años hasta convertirse en una colaboración sólida. “Me entiendo muy bien con el equipo de marketing”, explica. Muchos de ellos tienen su misma edad y han crecido profesionalmente al mismo tiempo que su proyecto.
La afinidad no es solo profesional. “Cuando llevas siete años trabajando con una marca terminas conociendo a la gente, sabes cómo respiran, qué esperan”, dice. También siente una conexión emocional con BMW que viene de antes del viaje, de los documentales de aventuras que veía y de los coches de la marca que había en su familia.
Hoy, después de siete años de carretera, Ostos siente que esa relación forma parte natural de su historia. “Yo estoy ahora supercontento con ellos, son transparentes, yo lo soy con ellos, ofrezco resultados, me permiten vivir de esto e ir, seguramente, con las mejores motos para viajar que hay en el mercado, con varios modelos por probar, como la R12, que para mí es la moto más bonita que hay”.
Cuando le pregunto por el futuro personal, Ostos tampoco descarta una vida más convencional, aunque reconoce que aún no es el momento. “Sí, me veo con mujer y con hijos”, dice sin dudarlo. Pero lo imagina “de los cuarenta en adelante”. Su estilo de vida itinerante, admite, hace que el coste de oportunidad sea alto. “Si te mueves mucho, formar una familia es más complicado”.
No obstante, la idea no le resulta ajena. La contempla con naturalidad, como otra etapa que llegará a su debido tiempo. Mientras tanto, seguirá viajando, “tras la pausita”, escribiendo y preparando nuevos proyectos, consciente de que la aventura que empezó con una moto y una idea aún no ha terminado.
Quizá por eso, cuando le pregunto si todo ha merecido la pena, no duda:
“Totalmente”.
Luego hace una pequeña pausa y corrige la expresión con una sonrisa:
“Más que la pena, ha valido la alegría”.
Por José Mª Alegre
Fotos: Alfonso Gordon – JMA
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