
“Persigue tus sueños y deja el miedo atrás” no es una consigna, sino una forma de vivir para Ana van der Sluis. Motera ‘off-road’ y viajera incansable, ha hecho de los caminos sin asfaltar su territorio natural. África, Marruecos o el Himalaya que proyecta dibujan una biografía marcada por la libertad, la curiosidad y la aventura.
Ana van der Sluis se ríe a carcajadas cuando surge la pregunta por la edad. No hay pudor ni cálculo en ese gesto, sino una mezcla de coquetería y convicción: la edad, en su caso, es un dato administrativo que poco tiene que ver con la forma en que habita la vida. Tiene 56 años, pero su energía, su curiosidad y su manera de mirar el mundo parecen pertenecer a alguien que acaba de empezar. “La moto nos mantiene jóvenes”, dice, y no suena a eslogan sino a verdad vivida.
Su apellido delata un origen ‘mestizo’. “Es holandés, por parte de madre”, explica con naturalidad, como quien acepta que la identidad es siempre una suma. Nació en Suiza, su padre es español y su infancia transcurrió entre viajes de ida y vuelta cada verano. En aquellos trayectos interminables por carretera se gestó una fascinación que acabaría marcando su vida. “Veía cómo nos adelantaban los motoristas y yo me moría de ganas por ser uno de ellos. Me fascinaban. Desde niña supe que quería estar ahí, sobre una moto”.
Esa intuición temprana no se quedó en un sueño infantil. Con los años se transformó en una forma de vivir que hoy la lleva a recorrer países, caminos y desiertos con una naturalidad casi desconcertante. Cuando se le pregunta cuántos países ha visitado en moto, duda, ríe y bromea. “Nunca los he contado. ¡Me vas a dar trabajo! Tendré que hacer inventario”, dice entre risas, antes de admitir que son más de una docena.
Su relación con el off-road nació de manera casi accidental, como suelen nacer las pasiones verdaderas. “Mi marido compró una Montesa H7 de desguace, de la Guardia Civil. Yo no tenía carné y me iba con esa moto por el campo”. Aquella máquina dura, sin apenas suspensiones, se convirtió en una escuela de caídas y descubrimientos. “Me caía cada dos por tres, pero ahí me di cuenta de que me encantaba explorar caminos, llegar a sitios donde no se llega por carretera”.
La aventura no era nueva en su vida. Parapente, escalada, trekking… la moto fue un paso más en una trayectoria marcada por el movimiento y la búsqueda. “Siempre me han gustado las cosas distintas. La moto suma, amplía, te lleva más lejos”.
Hoy viaja con dos motos que rompen algunos prejuicios del mundo motero: dos modelos chinos. “Tengo dos Kove, la 800X Pro y la 450 Rally”, confirma sin titubeos. Lejos de la desconfianza habitual, su experiencia es rotunda. “Sorprendentemente, fantásticas. Me gustan muchísimo las dos. Me están creando aún más afición”. En apenas año y medio ha recorrido entre 8.000 y 9.000 kilómetros con cada una.
El mapa de sus viajes se sigue ampliando. El último destino: Tanzania. El próximo, si todo va como espera, será uno de los grandes sueños de cualquier viajero. “Me encantaría ir al Himalaya y creo que voy a ir este año, en 2026”. No irá sola. “Voy con una amiga, también motera y también off-road”.
Cuando se le pregunta qué le produce la moto, la respuesta llega sin esfuerzo. “Libertad. Sensación de juventud. Soñar despierta. Pero, sobre todo, libertad”. Es una palabra que se repite, pero no se vacía. En su discurso tiene peso, experiencia y coherencia.
Esa manera de entender la vida está profundamente anclada en el presente. “El futuro no existe”, afirma con serenidad. “Podemos imaginarlo, hacer proyectos, pero lo único real es el aquí y ahora”.
La conversación tiene lugar en La Leyenda, la concentración invernal de Cantalejo, un escenario que Ana siente ya como propio. “Vine el año pasado por primera vez invitada a participar en una mesa redonda de mujeres moteras y me sorprendió muchísimo. Aquí se vive el verdadero espíritu motorista”. Por eso ha vuelto, rodeada de amigas, unidas por la moto, los viajes y una amistad que se forja en el camino.
No es, sin embargo, una habitual de las concentraciones. “Nunca he ido a Pingüinos ni a Motauros. Ahora huyo un poco de eso. Me gusta viajar, ir por el campo”. La excepción confirma la regla. “La Leyenda es distinta. Aquí ves a gente que conoces por redes, te reencuentras, pones cara. Eso me encanta”.
De todos los países recorridos, hay uno que la marcó de forma especial. “Marruecos”, responde tras pensarlo unos segundos. “Hay lugares que me han estremecido. Ese color de la tierra, esos paisajes… Hay momentos en off-road en los que piensas: ‘Esto no es real. Esto es un sueño’”.
Su filosofía vital no se presenta como un dogma, sino como una actitud. “Soy muy empática. Siempre intento ponerme en el lugar de los demás”. Viajar, para ella, no es solo desplazarse. “Empaparte de la gente, de sus vidas, me llena mucho”.
El off-road exige atención absoluta, una tensión constante entre control y riesgo. ¿Da tiempo a mirar el paisaje? Ana sonríe con sorpresa ante la pregunta. “Depende. En rallys de navegación vas tan concentrada en el road-book que te pierdes paisajes increíbles. Pero cuando sales al campo sin competición, claro que disfrutas. Te paras, miras, haces fotos”.
Observadora del presente, también es consciente de los cambios en la industria. Sobre la irrupción de las motos chinas en Europa no duda. “La industria europea tiene que ponerse las pilas. Quizás vamos un poco tarde. China ha venido muy fuerte. No sé cuál es la fórmula, pero esto no va solo de precio, también de calidad”.
Si tuviera que dar un consejo, no sería técnico ni mecánico. Sería vital. “Dejar el miedo a un lado y atreverse. Si tienes un sueño, persíguelo”.
Cuando se le plantea si la mujer ha ganado la batalla en el mundo de la moto, se revuelve con una risa casi indignada. “¿Qué batalla? Ha habido mujeres viajando en moto desde hace muchísimo tiempo”. Aun así, señala una ausencia. “Echo de menos ver más mujeres en el campo. Más coletas en el campo”.
Y queda la imagen: Ana persiguiendo sus sueños, recogiéndose el pelo pelirrojo en una larga coleta, subiendo a la moto y perdiéndose por un camino de tierra hasta donde el horizonte cambia de color y el miedo deja de tener sitio.
Texto y fotos: José Mª Alegre
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