
En Roma, cruzar un paso de peatones es casi un acto de fe. La ciudad late al ritmo de motores y bocinazos impacientes, pero también respira entre escúteres, bicicletas, patinetes y turistas que la recorren a pie. Lejos de ser el caos que fue —o así me lo pareció—, hoy su tráfico parece una coreografía urbana, viva, imprevisible y, sorprendentemente, hasta amable.
El valor del peatón
Roma sigue siendo un espectáculo para quien camina. Atravesar un paso de cebra requiere determinación: si el conductor puede esquivarte, lo hará, pero rara vez se detendrá. Así lo compruebo cada vez que visito la ciudad de Rómulo y Remo, la (pen) última con Km Solidarity, en 2019, ratificándolo de nuevo seis años después. Lo curioso es que el viajero siente que el peligro forma parte del pulso romano, una prueba más de carácter.
Una densidad que asombra
Con casi 2,8 millones de automóviles —el doble que muchas capitales europeas— y un promedio de 80 vehículos por cada cien habitantes, Roma debería ser un infierno motorizado. Sin embargo, el flujo no parece peor que en Madrid o Barcelona. Quizá por la omnipresencia del ‘motorino’, el escúter que reina en cada esquina, o por el auge de bicicletas y patinetes que serpentean entre los coches. O tal vez sea yo, que con los años he aprendido a leer el desorden como un lenguaje propio.
El asombro de León XIV
Incluso en la plaza de San Pedro, rueda un automóvil eléctrico —el único autorizado—; se trata del papamóvil de León XIV, el Mercedes-Benz que apenas pudo estrenar el Papa Francisco. Dando la vuelta a la plaza sin ruido alguno -el rugido lo ponen los feligreses-, Robert Francis Prevost va saludando a unos y a otros, con especial cariño a los niños. De repente, el Santo Padre se gira y se encuentra de frente con un chaval de no más de 8 años que lo saluda con entusiasmo arrancando en el pontífice una expresión de asombro y ternura, escena que capto con el 200 mm, siendo uno de los instantes más humanos de la jornada.
El reino del dos ruedas
Los romanos lo tienen claro: mejor moverse sobre dos ruedas que quedar atrapados entre bocinazos. Piaggio domina el asfalto con sus Liberty y Vespa, aunque las grandes cilindradas se reservan para las escapadas de fin de semana. Entre sirenas de carabinieri y ambulancias, que circulan como si estuvieran en Monza jugándose la pole, las motos se abren paso con la elegancia del caos.
Cuatro ruedas y mucha historia
En el pavimento romano no faltan los Alfa Romeo ni algún Lamborghini arrogante, pero lo que realmente abunda es el Smart. Los hay de gasolina y eléctricos, diminutos y decididos. Lo entiendo bien: soy devoto de esa marca. Conduzco el sexto —de los pequeños, los auténticos—, porque ese coche se cuela en cualquier rincón y siempre encuentra hueco. En Roma, eso es una bendición.
También asoman coches chinos y coreanos, y entre los eléctricos, el Tesla Model Y —el más vendido en Europa el pasado agosto— destaca como símbolo de una modernidad que se abre paso, silenciosa, entre tanta historia.
Caminar, la verdadera conquista
Roma se disfruta mejor a pie. Cada calle ofrece un vestigio del pasado, una piedra que cuenta siglos. Al caer la noche, el cuerpo acusa los kilómetros recorridos, pero el alma se llena. Porque Roma, incluso entre el ruido de los motores, sigue siendo inagotable, luminosa, eterna.
Texto y fotos: José Mª Alegre
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