
En 1950 nació Seat con vocación de motor nacional. Desde entonces ha sido testigo y protagonista de la transformación de España. De la dictadura al desarrollo, del 600 al León, del ensamblaje manual al coche eléctrico: 75 años en los que Martorell ha producido vehículos, sueños y memoria. La marca exhibe 75 modelos icónicos en el salón Automobile Barcelona.
La historia de un país puede recorrerse a través de sus carreteras. Y en los arcenes polvorientos de la memoria española, hay un emblema que brilla con los reflejos del sol mediterráneo: Seat. La Sociedad Española de Automóviles de Turismo nació en 1950. Hacía once años que había acabado la Guerra Civil española y las autopistas empezaban a perfilarse en un futuro que todavía quedaba lejano; España era un país en construcción con ansias de movimiento.
El primer coche, un 1400, salió de la planta de la Zona Franca en 1953 como quien lanza una botella al mar de lo imposible. Era grande, robusto, elegante. Pero pronto llegaría el 600, y con él, el milagro: la motorización de España. De norte a sur, aquel pequeño auto de ojos saltones se convirtió en símbolo de movilidad, modernidad y libertad. Con él llegaron los veranos en la costa, los picnics familiares, las parejas jóvenes escapando al cine de reestreno. Seat no solo vendía coches; vendía horizontes.
A través de sus modelos, se tejió una geografía emocional del país: el 850, el 124, el 127… Nombres que evocan generaciones, transiciones, años de plomo y de esperanza. Cuando la democracia se abrió paso, Seat también mudó de piel: rompió con Fiat, abrazó su independencia, y luego se alió con Volkswagen. Martorell se convirtió en su corazón palpitante, una fábrica que no solo producía autos, sino que latía al ritmo de una Europa que abrazaba a España.
Y con los nuevos tiempos, vinieron nuevos íconos: el Ibiza, que se convirtió en compañero fiel de jóvenes con casete y mapa de papel; el León, veloz y urbano, que recorrió avenidas y polígonos industriales. Cada modelo fue una crónica rodante de la evolución del país.
Hoy, cuando el mundo gira hacia la electrificación, Seat no se queda atrás. El proyecto de electrificar Martorell y convertirlo en el epicentro de la movilidad del siglo XXI no es solo una apuesta tecnológica, sino un compromiso casi poético con el porvenir. La marca que una vez trajo el volante al pueblo, ahora quiere llevarlo al futuro. Con Cupra como estandarte de diseño y rendimiento, Seat se reinventa, no para olvidar su pasado, sino para honrarlo.
Porque en estos 75 años, la marca española ha sido mucho más que una empresa. Ha sido testigo de bodas y de vacaciones, de nacimientos y despedidas. Ha sido refugio en días de lluvia, cabina de canciones desafinadas, testigo de besos en semáforos. Y eso, ninguna estadística lo puede contar.
Cuentan que los coches son solo máquinas. Pero cuando se construyen con sueños, y se conducen con esperanza, se convierten en parte de nuestra historia. Seat es eso: una marca que, al mirar por el retrovisor, se encuentra con un país entero conduciendo hacia el futuro.
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