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BMDPeñíscola 2025. Km Solidarity – Soy Tribu: cuando la solidaridad viaja sobre dos ruedas

Entre motores y corazones latiendo al unísono, la mesa redonda en los BMW Motorrad Days Peñíscola 2025 unió a Km Solidarity y a Agustín Ostos, de ‘Soy Tribu’, en un diálogo que trascendió el asfalto. Hablaron de kilómetros y sonrisas, de viajes, humanidad y solidaridad. De cómo, sobre una moto, se puede recorrer no solo el mundo, sino también el alma.

El aire de Peñíscola olía a gasolina y a mar. Bajo el sol que caía sobre los BMW Motorrad Days 2025, un grupo de motoristas se reunía no para hablar de caballos de potencia, sino de algo mucho más poderoso: la solidaridad. En el escenario, tres hombres comparten historias y convicciones que nacen de la carretera y terminan en el corazón. Son Eduardo San Vicente e Ismael Santamaría, de Km Solidarity, y Agustín Ostos, el trotamundos de ‘Soy Tribu’. Tres rutas distintas que se cruzan en el mismo punto: el deseo de hacer del mundo un lugar más amable, una curva más suave, un viaje más humano.

Los valores, dicen, son como los faros que alumbran la ruta en mitad de la noche. Para Eduardo, consisten en aportar un pequeño grano de arena para hacer de este un mundo mejor, en visitar centros de personas con discapacidad física e intelectual y repartir sonrisas como quien reparte pan caliente. “Tenemos una ruta anual que se llama ‘En busca de la sonrisa perdida’”, cuenta, y al decirlo, se iluminan los ojos del público, porque parecía hablar no solo de ellos, sino de todos los que buscan recuperar algo que la prisa les arrebató. Agustín asiente. Él viaja por el mundo desde hace siete años, y también su viaje es una forma de visibilizar, de recordar que hay comunidades enteras que desaparecen en silencio, pueblos que la modernidad deja atrás. “Nuestra labor es hacer visible lo invisible”, dice. Y lo hace con una calma que solo conoce quien ha visto el mundo desde un manillar.

Las imágenes que se proyectan detrás muestran motos en fila, cascos reflejando la luz, risas de niños en los centros que visitan. “Esa fue la ruta del año pasado”, cuenta Ismael, “una semana entera de solidaridad sobre ruedas: Vinaroz, Benicarló, Peñíscola, Reus, Jaca. Más de dos mil quinientos kilómetros de sonrisas”. Cada parada, una historia. Cada curva, una mano tendida, una sonrisa.

Agustín, que lleva media vida viajando en solitario, explica que la solidaridad no se aprende, se contagia. Que cuando uno está perdido en medio de la nada y alguien aparece para tenderle una mano, nace una deuda con el mundo. “Sería egoísta no devolver lo que tantas veces me han dado”, asegura, recordando los días en los que desconocidos le ofrecieron techo, pan o una conversación cuando más lo necesitaba. Por esas vivencias existe ‘Soy Tribu’, una idea sencilla y profunda: Volver a conectar a las personas, recordar el sentido comunitario que hemos ido olvidando entre notificaciones y prisas”.

Eduardo e Ismael escuchan con atención. Su historia también nació de la amistad y del impulso de hacer algo más. “Empezamos hace quince años —cuenta Eduardo—. Al principio íbamos en bicicleta, hicimos el Camino de Santiago recaudando fondos. Luego, el cuerpo pidió motor, y pasamos a las motos. Desde entonces, cada viaje tiene un propósito solidario. Nunca salimos a rodar sin una causa”. Y subraya algo que resuena en el recinto: “La solidaridad no se mide en dinero. Se mide en tiempo. En querer estar”.

Las palabras caen despacio, como si el viento que acaricia las banderas de BMW se detuviera para escucharlas. Km Solidarity lleva más de cinco toneladas de alimentos repartidos por España, pero lo que más valoran no es eso. Es el momento en que tanto los chicos como las chicas de los centros que visitan se suben a las motos, cuando sus sonrisas llenan el aire de un ruido más hermoso que cualquier motor. “Carolina —recuerda Ismael— era una chica en silla de ruedas que soñaba con subirse a una moto. La ayudamos entre tres. Le encendimos el motor. Lloró y nos emocionó a todos”. Esa es la gasolina que mueve su ruta.

Agustín, con su tono pausado, habla de la soledad del viajero, pero también de su belleza. “Una cosa es estar solo, otra sentirse solo. En el viaje te das cuenta de que el mundo está lleno de manos dispuestas a ayudarte. No hay receta para el miedo ni para la incertidumbre, pero hay momentos en que la solidaridad te salva, incluso sin palabras”. Su voz parece tener el ritmo del viento que roza un casco en plena carretera o camino de los que surca con su moto.

Entonces surge una reflexión que flota como un eco entre los asistentes: ¿Qué puede hacer alguien que quiera empezar a ser solidario? Eduardo no lo duda: “Transmitir valores con el ejemplo. Nuestros hijos voluntarios, nos acompañan cuando pueden y en una acción mi hija me dijo, ‘papá, estoy orgullosa de ti’, y entendí que eso es lo que quiero dejar: el ejemplo de que ayudar es vivir mejor”. Agustín añade que no hay que esperar grandes gestas: “La solidaridad está en los pequeños actos, en la empatía diaria, en acompañar al que sufre, en mirar y no apartar la vista”. Ismael completa el pensamiento recordando que no solo ayudan a los chicos, sino también apoyan a los cuidadores, los verdaderos héroes silenciosos de cada centro. “Ellos sostienen el día a día, y también merecen una sonrisa”.

Las historias se suceden como una carretera interminable. Relatan cómo, en una visita reciente, llevaron al seleccionador nacional Luis de la Fuente a un centro de discapacidad en Las Rozas (Madrid). Las caras de los chicos brillaban más que los focos del estadio. “Fue una mañana diferente —recuerda Ismael—. Y para ellos, esos momentos son recuerdos eternos.”

Entre anécdotas, Agustín comparte una que parece salida de una novela: una vez, en México, su moto se averió y unos chavales le ayudaron sin pedir nada a cambio. Horas después, fue él quien ayudó a un hombre varado en la carretera, un tal Don Perfecto, con el neumático reventado. “Ese día entendí de nuevo que la solidaridad es un ciclo perfecto: hoy por ti, mañana por mí”.

Hacia el final, el tono se vuelve más íntimo. ¿Qué legado quieren dejar? Eduardo es claro: “Que ayudemos a quien ha tenido menos suerte. Que no nos cueste mirar al otro”. Ismael habla de los mayores, de la soledad que sufren y que necesitan compañía. “A veces una sonrisa vale más que una fortuna”, dice. Y Agustín, con la mirada en el horizonte, añade: “Sin empatía no hay solidaridad. Y sin solidaridad, la humanidad se apaga”.

La charla concluye entre aplausos, pero el eco de sus palabras seguí vibrando entre el sonido de las motos. Había algo profundamente humano en aquellas historias de carretera, algo que recordaba que la verdadera aventura no es llegar lejos, sino llegar al otro. La emoción ya no estaba solo en el asfalto, sino en la mirada de quienes escucharon.

La jornada continuó con las pruebas dinámicas de la gama BMW, la actividad que más atrae a los visitantes; con el paseo por los stands que pueblan los viales del recinto, entre ellos el de Km Solidarity; el de Lolo Pámanes, prestigioso especialista en asientos de motos; Givi; Amigos de Clásicas BMW, que se apuntaron un tanto al invitar a Elspeth Beard, la primera mujer británica en dar la vuelta al mundo en moto en solitario; Touratech y un largo etcétera. Tampoco faltaron las siempre imposibles piruetas de Narcís Roca, la presentación de la nueva BMW F 450 GS, actuaciones musicales y un sinfín de actividades más, como muestran las fotografías.

Pero las palabras de los tres personajes quedaron suspendidas en el aire, como si cada uno de los asistentes saliera de allí con un propósito, con una chispa nueva encendida bajo el casco.
Porque la carretera, cuando se recorre con empatía, no lleva solo a destinos: lleva a las personas. Y ese es, al final, el viaje más largo, más hermoso y más necesario de todos.

Texto y fotos: José Mª Alegre

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