
Viajo en moto a Ceuta para comprobar las imágenes de la invasión que la televisión lleva dos meses emitiendo. Encuentro una Ceuta bella y herida por la inseguridad y el abandono del Gobierno. Escucho a los caballas, que, con Juan Jesús Vivas al frente, defienden su tierra mientras el miedo les cambia la vida y oscurece su futuro.
Llego a Algeciras tras 731 kilómetros en moto y algo más de siete horas de carretera. Quiero ver lo que tanto me ha impactado en televisión y en los medios. Me cuesta creer que el Gobierno de Pedro Sánchez permitiera entrar a más de ochenta mil personas, en su mayoría marroquíes y, en menor medida, subsaharianas, sin hacer nada: el Tarajal abierto y su vigilancia y protección en manos de Marruecos, el país que estaba detrás del asalto.
Al otro lado del Estrecho
Duermo junto al puerto, a poco más de cinco minutos del embarque. Amanece con Gibraltar enfrente, entrando poco después con mi moto en un ferry de Baleària. No soy el único: otros motoristas de distintos países comparten la travesía. Una hora de navegación me separa de Ceuta.
Ceuta me recibe con una belleza que invita a pasear. Hay terrazas donde tomar un café o comer, calles agradables y una historia que se deja recorrer por las Murallas Reales, el Foso Real, la plaza de África, la catedral y el centro histórico. La capital de los caballas conserva el atractivo de una ciudad hecha para disfrutarla.
Abundan las motos, sobre todo los escúteres, aunque también las hay grandes, como la mía. Circulo con agilidad, salvo en las horas punta, cuando la moto permite sortear los atascos. Veo policías nacionales, guardias civiles y municipales. Los militares, en grupos de cuatro —uno con fusil; los otros tres, con porra y piernas, las mismas que necesitaron quienes tuvieron que huir del ataque de un grupo de asaltantes porque no tenían con qué defenderse—, vigilan lugares estratégicos y los campamentos de inmigrantes: ya hay cinco repartidos por la ciudad y siguen aumentando.
La playa convertida en ‘ciudad’
Junto a la playa de la Ribera veo a un grupo de los recién llegados sentado en el suelo. Están por todos los sitios, aunque por el centro no se concentran tanto: permanecen sobre todo cerca de los campamentos y de las playas que han tomado al asalto. En la del Trampolín encuentro la imagen más elocuente de lo ocurrido. Han levantado un asentamiento de chabolas con cartones, telas, plásticos y tiendas de campaña.
El asentamiento funciona como una pequeña ciudad. Tiene pasos estrechos, como las calles de una medina, puestos de venta de todo tipo, peluquería y hasta un espacio que hace las veces de mezquita. Me impresiona esa transformación. Ante lo que veo, llego a preguntarme si sigo en España o si he cruzado la frontera.
También es un foco de peleas, altercados y agresiones sexuales. Los clanes tratan de imponer su ley y la crudeza de los enfrentamientos deja víctimas que llegan al hospital con orejas seccionadas, cortes en la cara, los brazos y las piernas, fracturas de mandíbula y de nariz.
De los ochenta mil que entraron quedan entre diez y quince mil, según Vivas, mientras Interior sigue sin dar cifras exactas. La invasión ha abierto una crisis de seguridad, económica y humana. Los delitos se han disparado: cuarenta agresiones sexuales según la policía, robos en domicilios, ocupaciones, atentados a la autoridad, amenazas y delitos de odio. A ello se añade la criminalidad ligada a los ciberdelitos y al tráfico de drogas. “Ceuta ya no será nunca la misma”, ha afirmado su presidente ante la jueza Tardón en la Audiencia Nacional.
La libertad de volver a casa
Además de comprobar los efectos del asalto, quiero escuchar a los ceutíes. Saber cómo les ha afectado, qué han dejado de hacer, qué esperan de mañana. Rocío Toledo, de 47 años y funcionaria de prisiones, me describe con claridad la ciudad anterior y la que ahora le toca vivir.
“La delincuencia había bajado desde el Covid —recuerda—. El cierre de la frontera había traído una sensación de seguridad. Había problemas, como en cualquier ciudad, pero los niños iban solos al colegio, a la playa y a los parques próximos a sus casas. Era normal volver andando de madrugada desde la zona de ocio. Las mujeres salían a correr a la hora que querían”.
“Ahora —prosigue—, hay muchas cosas que no se pueden hacer; trabajadores que necesitan que los acompañen al garaje o al coche cuando salen de casa a las cuatro de la mañana porque trabajan de reponedor en el Mercadona, por ejemplo. Sé de gente que han alquilado una plaza en su edificio porque antes aparcaban fuera y ya no se atreven a ir a buscar el vehículo”.
El mercado toma la palabra
En la plaza de la Constitución, junto a la imponente escultura de Hércules, entro en el Mercado Central de Abastos. Sus comercios me permiten tomar el pulso de una ciudadanía golpeada también en el bolsillo.
Paqui, de 56 años, regenta la panadería. Es una “caballita” de pura cepa y sus dos hijos viven en Ceuta. El futuro lo ve muy mal. “Pero, si en dos meses no han gestionado la devolución de esta gente, ¿lo van a hacer luego?”. Su reproche al Gobierno es tan claro como su defensa de la convivencia: habla de las culturas cristiana, musulmana, judía, hindú y añade también la china, que prolifera en la ciudad, que siempre han compartido la ciudad en paz y armonía.
Vivas le parece fabuloso; cree que habría que hacerle un monumento por lo que está haciendo por su pueblo. Reprueba las amenazas al rey Felipe VI desde el país vecino y recuerda que los ceutíes salían mucho antes de lo ocurrido. Cuando le pregunto por las ventas, no duda: han caído mucho. “El miedo a ser asaltado ha hecho que la gente, sobre todo los mayores, no salgan de casa. Psicológicamente, estamos mal”. Pero marcharse no entra en sus planes: “No pienso dejar la tierra donde están enterrados mis muertos”.
José Manuel tiene 59 años, es caballa de nacimiento y posee dos establecimientos de ropa. Está cerrando uno porque la invasión ha hundido las ventas. Recuerda a quienes regresaban de un viaje por África, paraban en Ceuta y hacían gasto. Ahora ese movimiento ha desaparecido. También reivindica la ciudad de las cuatro culturas y su convivencia. “Y por decir que esto es una invasión, nos tachan de xenófobos”. Para él, lo ocurrido en el Tarajal pretende “desestabilizar a España y a Europa”.
Hijo de andaluces, José Manuel conoce el peso que puede tener la vecindad: “Lo peor en la vida es tener un vecino incómodo —en referencia a Marruecos—, que además es muy listo, pero ¡un caballa nunca se rinde!”.
Ilias, frutero autónomo ceutí de 33 años, explica que es musulmán y español. “Tenemos doble dolor de cabeza, los de aquí y los marroquíes”. Los marroquíes no entienden esa pertenencia, me dice, y tampoco muchos peninsulares. Ayudar o apoyar lo sitúa siempre bajo sospecha: “Hagas lo que hagas siempre malo”.
Una tristeza que no se va
“Somos personas que estamos tristes”, me dice Rocío. En esas palabras encuentro el fondo de muchas de las conversaciones que voy manteniendo. Habla de frustración y, sobre todo, de incertidumbre. A cada vecino le habrá afectado según su edad, su situación personal o si tiene hijos, pero ella reconoce en todos ese cambio.
Le pregunto si Ceuta tiene futuro. “Ceuta no tiene futuro y es lo que más pena nos da a todos los ceutíes”. Describe una ciudad cómoda, donde se vive muy bien, pero asfixiada. Vivir pendiente de lo que pueda suceder acaba por poner en duda cualquier proyecto. “¿Cómo te metes en una hipoteca a treinta años?”. Si en 2021, cuando el salto de la valla, ya pensaron en otra invasión, “porque Marruecos ha ido dando pasos, y cada paso ha sido mayor y más grave”, recuerda, ahora ese temor se ha hecho más presente.
Tiene amigas que llevan quince años trabajando aquí y se plantean irse. No son de Ceuta ni tienen casa propia: ¿por qué seguir angustiadas y limitadas? Otros amigos han renunciado a comprar una vivienda para alquilarla y prefieren la península. Algunos buscan allí una casa por si tienen que salir corriendo. Para quien tiene todo su patrimonio en una casa o un negocio ceutí, el futuro se vuelve una amenaza.
Rocío me habla del mercado medieval que no se celebró y de la pérdida del ocio. “Nos han quitado el ocio, nos han quitado el disfrute, nos han quitado el futuro”.
Carmen, florista de 34 años, conserva una brizna de esperanza. La situación es “insostenible”, una “olla a presión”, y se siente abandonada por el Gobierno. Sus ventas han bajado: su clientela es mayor y no sale por miedo. “Pero lucharemos, sin violencia”. Quiere pensar que el futuro de Ceuta pasa por seguir siendo España. No se plantea irse: “Aquí tengo todo”. Hay inseguridad y miedo; lleva un espray de pimienta.
Salgo del mercado y subo por Revellín. Me cruzo con madres y padres llevando a sus hijos al colegio. Recuerdo lo que me han dicho: los pequeños ya no van solos, y los ‘senior’ salen menos por temor a un robo o un tirón. Sentada en un banco encuentro a Sara, una ceutí musulmana de 82 años que vive en Bilbao y visita su ciudad natal. Acepta que le haga una foto, aunque prefiere no declarar.
Los muertos de los islotes
¿Castigo o ensayo de una futura invasión híbrida? Rocío ve el asalto como otro paso de una escalada. “Desde Perejil, hace casi veinticinco años, hasta el salto de la valla de 2021, Marruecos ha ido dando pasos, y cada paso ha sido mayor y más grave”. A quienes aluden al apoyo de Israel o Estados Unidos a Rabat les recuerda que las pretensiones marroquíes son anteriores: “Ahora puede tenerlo más fácil, pero sus aspiraciones vienen de lejos”.
Me habla también de los islotes y del traslado a Melilla de los restos de los cementerios de Alhucemas y del Peñón de Vélez de la Gomera, territorios de soberanía española. Defensa anunció la exhumación en el BOE del 9 de julio de 2021, dos meses después del asalto de ocho mil inmigrantes, 1.500 de ellos menores de edad, por Benzú y el Tarajal. Rocío enlaza los dos episodios con lo que teme que venga después.
“¿Por qué sacar de allí a quienes llevaban siglos enterrados? ¿Tal vez porque si algún día se entregan los islotes a Marruecos, esos muertos no pueden quedarse?”. La pregunta conduce a la secuencia que teme: primero los islotes; después, Ceuta y Melilla. “Marruecos —concluye— no va a parar hasta tenerlas”.
El abandono tiene nombre
Rocío no ahorra reproches al Ejecutivo. Considera su comportamiento errático y variable, y reclama que “el Gobierno nos trate, como poco, como personas igual de inteligentes como él. Tú no puedes venir a tratar a la gente como si fuera idiota, porque no lo somos”. Se pregunta qué quiere el Ejecutivo de Ceuta. Ellos, los ceutíes, han elegido a Vivas para representarlos, pero su futuro depende del Gobierno de España.
A veces siente que los castigan por mostrarse en contra, por ser reivindicativos y hacer ruido pese a ser pocos. “Menos con Marruecos, Sánchez está enfadado con todo el mundo”. Su juicio se endurece al recordar la frontera abierta: “Nos hemos dado cuenta de que nuestro Gobierno es nuestro enemigo”. El ataque vino de Marruecos, sostiene, y el Ejecutivo no lo detuvo.
Rocío se pregunta cuándo pensaba el Gobierno mandar al Ejército, teniendo tres mil soldados en Ceuta. Recuerda que en 2021 los militares bloquearon la frontera pocas horas después de iniciarse la entrada y evitaron que continuara. Ahora revive la mañana del 30 en que fue a trabajar a las siete y encontró una cantidad de inmigrantes que le pareció una locura. Llamó dos veces al 112 porque estaban prendiendo fuego a un campo y a un coche. Nadie atendió, me dice: le indicaban que llamara en unos minutos.
Rocío también es motera y me lleva por la ciudad, las playas y los campamentos levantados por el Gobierno para alojar temporalmente a los asaltantes. Reciben tres comidas diarias, cama y alojamiento, con una hora fijada para regresar a pernoctar. De día deambulan por Ceuta, pues no están confinados. Los chabolistas de las playas reciben de Cruz Roja una bolsa de alimentos y agua cada tarde.
En Loma Colmenar vemos uno de los campamentos. Rocío no encuentra sentido a seguir montándolos y recuerda que, al empezar, pensó en Los juegos del hambre. Hay demasiadas personas, me dice: ¿cuántos recintos hacen falta y para cuánta gente? Su solución pasa por tramitar la documentación de quienes quedan para expulsarlos, tal como ha pedido Vivas desde el primer momento. Si la ley impide agilizarlo, propone cambiarla, como se hizo durante el Covid para limitar la libertad de circulación.
Considera que se está más pendiente de alojarlos y acomodarlos que de echarlos. “¿Cuánto valen cien ordenadores y cuánto cuesta pagar a cien personas de extranjería?”. Cree que sería más barato que darles de comer, levantar carpas y poner seguridad. Para ella, el problema está en los trámites que no se hacen. Mientras no se cumplan, insiste, no se irá ninguno.
Vivas al frente de los caballas
Rocío conoce bien a Vivas. Cuando fue delegada de Comisiones Obreras mantuvo tensas reuniones con él por el proyecto de la nueva cárcel: su sindicato rechazaba las condiciones. Ha sentido amor y odio, pero lo considera un buen político, pendiente de su ciudad, con errores y aciertos. Ahora, su apoyo es absoluto. “Estoy a muerte con Juan Vivas, pero yo y toda la gente de Ceuta, porque se está dejando la salud por su pueblo. Desde el minuto cero está ahí echando todas las horas, llamando a todas las puertas y explicándose con calma y decisión”, afirma.
“Vivas no es Mazón”, recalca. Él ha estado ahí y avisó a Presidencia en los días previos de lo que iba a ocurrir. Rocío está convencida de que los ataques del Gobierno al presidente ceutí no le saldrán bien.
España ha descubierto a Vivas (Ceuta, 1953). Los caballas ya lo conocían: llegó a la presidencia en 2001 tras una moción de censura y lo votan desde 2003. Es su mascarón de proa, el guía y defensor de su pueblo. No ha dejado de denunciar el asalto y sus consecuencias. Lo hace con educación y respeto, sin levantar la voz, amable y cercano, pero firme. En la selva política española destacan sus formas y su discurso claro, rotundo y demoledor.
Veo a Vivas acudir al ‘mini-Trampolín’, la protesta ante la Delegación del Gobierno, en la plaza de los Reyes. Apoya a quienes denuncian el asalto y los problemas de los vecinos de la playa ocupada. Su llegada parece la de una estrella del firmamento cinematográfico o la música. A diferencia de los miembros del Gobierno, con Sánchez a la cabeza, lo reciben con cariño y aplausos al grito de “¡Presidente, presidente!”. Apenas puede avanzar entre besos y abrazos.
Los mil ceutíes allí reunidos corean “¡No estás solo!” y “¡Un caballa nunca se rinde!”. También yo sucumbo ante la humanidad de este hombre. Me acerco, lo saludo, me presento y me fotografío con él. Está casado, tiene dos hijos y dos nietos. El último nació en Málaga este verano y aún no lo conoce por lo sucedido en su ciudad.
Vivas reivindica el derecho de los ceutíes a la libertad, la paz, la tranquilidad y la seguridad. Se han visto privados de todo ello, dice, y tienen derecho a reclamar la vuelta a la normalidad. Para él, solo hay una vía: “El retorno a Marruecos de quienes entraron en España de manera masiva e ilegal en los fatídicos días 30 y 31 de julio”, proclama.
Días después, Vivas acudió a la Audiencia Nacional para declarar como testigo ante la jueza Tardón, que está investigando la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. A la salida, el presidente de la ciudad autónoma se mostró satisfecho porque pudo explicarse. “Los ceutíes y todos los españoles tienen derecho a conocer la verdad porque así podrá construirse el futuro que Ceuta necesita””. Recordó que del 27 al 29 de julio hubo diez intentos de comunicarse con el presidente del Gobierno, mediante llamadas y también mensajes. No consiguió hablar con Sánchez.
Tristeza y vergüenza
Me despido de Ceuta y lo hago con el desastre de la playa del Trampolín, que representa la quiebra de la ley, del respeto y la convivencia en su máxima expresión. Y me voy con tristeza y vergüenza. Tristeza por cómo les ha cambiado la vida a los ceutíes, que cuestiona su presente y futuro. Y vergüenza por el Gobierno que tenemos, incapaz de velar y proteger a sus ciudadanos.
Al subir al ferry, de vuelta a la península, me acompaña el grito que he oído en el mercado, en la plaza de los Reyes y a tantos ceutíes: “¡Un caballa nunca se rinde!”
(Al cierre de este artículo, se anuncia que los Reyes visitarán Ceuta y Melilla los próximos 13 y 14 de octubre).
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