
La breve pero ruidosa incursión de Elon Musk en la Administración Trump ha tenido consecuencias más allá del despacho: Tesla, su obra maestra tecnológica, ha sentido el golpe en su línea de flotación. Entre protestas, caídas de ventas y una marca que ya no brilla igual, la política demostró ser un mal negocio para el magnate sudafricano.
Un aliado incómodo
En noviembre de 2024, Elon Musk (las dos imágenes suyas que documentan este artículo son de su muro de Instagram) aceptó un puesto en el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), creado por la administración Trump tras su regreso a la Casa Blanca. Lo que para algunos fue una jugada estratégica de alto perfil, para otros significó una traición ideológica. Musk, genio rebelde de Silicon Valley, abrazaba de pronto una Administración que había dividido a Estados Unidos y al mundo.
La reacción fue inmediata. Tesla, símbolo de innovación verde, se convirtió en blanco de protestas y boicots. En Europa, donde la sensibilidad climática y social es elevada, las ventas cayeron un 45% en enero de 2025 respecto al mismo mes del año anterior. El mercado de vehículos eléctricos crecía, pero Tesla parecía desvanecerse entre pancartas y titulares hostiles.
La tormenta en casa
En Estados Unidos, el golpe no fue menor. California, el bastión progresista y feudo natural de Tesla, registró una caída del 36% en las ventas del Model 3. Los consumidores, antes fieles al sueño eléctrico de Musk, dieron la espalda al empresario convertido en político. La marca se había politizado, y en un país profundamente polarizado, eso rara vez acaba bien.
Las redes sociales ardían. Hashtags como #BoycottTesla y #MuskOut se viralizaban, mientras en algunos concesionarios europeos aparecían vehículos rayados y con los cristales rotos. La imagen del visionario se transformaba: de héroe de la transición ecológica a figura controvertida, incapaz de separar su ego de sus empresas.
El regreso al redil
Presionado por los inversores y consciente del daño reputacional, Musk anunció el pasado abril su renuncia al cargo en el DOGE. Fue una retirada forzada, aunque revestida de voluntarismo. “Volveré a centrarme en Tesla”, declaró, mientras los mercados respiraban con alivio.
Pero la herida ya estaba abierta. Encuestas en Alemania y Reino Unido mostraban que un 71% de los encuestados tenía una opinión negativa de Musk. En un mundo donde la percepción pesa tanto como la innovación, la marca Tesla quedó marcada por la aventura política de su creador.
Un mal negocio
El episodio dejó lecciones claras: en tiempos de hiperconexión, la neutralidad puede ser más rentable que el protagonismo político. Para Musk, entrar en la Administración Trump fue un experimento ideológico… y un desastre comercial. Tesla, que había querido ser el auto del futuro, pagó caro el viaje al pasado.
De aliados a adversarios: la guerra de los titanes
Lo que comenzó como una alianza estratégica bajo la bandera del “America First”, terminó en una batalla sin cuartel. Musk, otrora defensor de Trump, criticó su proyecto fiscal como una “abominación terrible” y lo vinculó con la lista Epstein. Trump, furioso, amenazó con cancelar contratos millonarios de SpaceX y Tesla2. Así, el ego herido y la ambición cruzada sellaron su enemistad con fuego. En solo días, la relación se desplomó, arrastrando consigo fortunas y poder. Veremos dónde acaba el enfrentamiento entre los dos titanes.
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