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Hans59, motoviajero: “El verdadero destino siempre fue el camino”

Hans59, nombre con el que firma en redes sociales, es conocido por sus grandes viajes en su BMW R 1200 GS ADV. En el blog de Continental Moto cuenta cómo prepara sus expediciones y comparte una experiencia de enorme valor que recogemos por su indudable interés para quienes sueñan con seguir sus rutas, ya sea sobre una moto o a través de una pantalla.

Hay quien piensa que un viaje en moto comienza cuando se gira la llave de contacto, se engrana primera y aparecen los primeros kilómetros bajo las ruedas. Para mí no es así. Mis viajes empiezan muchos meses antes, delante de un mapa, buscando información, revisando documentación, preparando la moto y tratando de anticipar todos esos pequeños detalles que, cuando vas a estar más de un mes recorriendo otro continente, pueden marcar una diferencia enorme.

Un gran viaje empieza mucho antes de arrancar

Después de miles de kilómetros por Sudamérica, Norteamérica, Asia o Alaska he aprendido que una buena preparación no evita los imprevistos. Sería absurdo pretenderlo, porque precisamente una parte de la esencia del viaje está en aquello que no puedes prever. Pero preparar bien una expedición sí aumenta considerablemente las posibilidades de disfrutarla. Cuando finalmente llega el día de arrancar, quiero tener la cabeza puesta en el camino y no en aquello que debería haber resuelto antes de salir.

Para mí, cuando una ruta supera el mes de duración, deja de ser una escapada para convertirse en una verdadera expedición. Y, a partir de ahí, prefiero hacerlo con mi propia moto. No solo porque conozco perfectamente su comportamiento, sino porque después de tantas horas y tantos kilómetros se convierte casi en una compañera de viaje.

Eso significa que, si hay un océano por medio, también hay que enviarla al otro lado.

Mi moto también cruza el océano

Lo hice para recorrer la Ruta de los Andes, enviando la moto hasta Argentina; para la Ruta del Salvaje Oeste, haciéndola llegar a Miami, y para la Ruta del Amazonas, mandándola a Salvador de Bahía. Puede parecer una operación complicada, pero una vez que conoces el procedimiento resulta bastante más sencilla de lo que uno imagina. Y, en viajes largos, incluso puede resultar económicamente más interesante que alquilar una moto durante varias semanas.

Normalmente la moto viaja por vía aérea dentro de una caja de madera. Antes de meterla ahí tiene que estar completamente revisada y preparada para enfrentarse a miles de kilómetros sin dar problemas. Después toca llevarla al almacén de aduanas y desmontar determinados elementos para reducir al máximo el volumen del embalaje.

Intento aprovechar hasta el último centímetro disponible. Dentro de la propia caja introduzco las maletas, el equipamiento y buena parte de todo lo que voy a necesitar durante el viaje. Así, cuando yo tomo el avión, prácticamente puedo hacerlo con una pequeña bolsa como equipaje de mano. Mi verdadero equipaje está esperando junto a la moto.

Continental TKC 70, neumáticos de confianza

Y hay otro elemento al que concedo especial importancia: los neumáticos. Necesito que funcionen bien sobre asfalto seco y mojado, porque la mayor parte de los kilómetros transcurre por carretera, pero también que me permitan abandonar el asfalto cuando la ruta lo exige.

En mis expediciones he utilizado Continental TKC 70. Con la BMW GS 1200 completamente cargada he conseguido superar los 12.000 kilómetros, y para mí lo importante es precisamente su equilibrio. Me transmiten confianza en carreteras de curvas y con lluvia y, al mismo tiempo, me permiten afrontar pistas y terrenos bastante más complicados.

Los puse realmente a prueba, por ejemplo, en la Circular al Huascarán, en Perú, con fuertes pendientes y zonas embarradas, o atravesando el paso del Cristo Redentor entre Chile y Argentina. Cuando estás a miles de kilómetros de casa no buscas experimentos: quieres conocer el material que llevas y saber hasta dónde puedes confiar en él.

Pasaportes para mí… y para la moto

Curiosamente, enviar la moto en avión no ha sido lo más complicado que he tenido que preparar. La expedición que más trabajo previo me exigió fue mi primer gran viaje: la Ruta de la Seda.

Salí de España, atravesé Ucrania y Rusia hasta alcanzar la frontera china y regresé recorriendo varios de los antiguos países de la Unión Soviética, los famosos estanes. Yo arrancaba desde casa, pero aquella aventura había empezado en realidad casi seis meses antes.

Visados, permisos, seguros, documentación del vehículo, requisitos fronterizos… Diseñar una expedición de estas características tiene algo de investigación detectivesca. Cada país establece sus propias normas para permitir la entrada del viajero y de su vehículo, y esas normas pueden cambiar. Por eso intento comprobarlo todo con suficiente antelación.

Hay lugares donde, además, es necesario disponer del Carnet de Passages en Douane, el CdP, una especie de pasaporte para la moto que garantiza a las autoridades del país que ese vehículo volverá a salir de su territorio. Su obtención obliga a depositar una fianza que normalmente está relacionada con el valor de la propia moto y que se recupera al regresar, siempre que toda la documentación esté correctamente sellada. Países como Irán o Irak pueden exigirlo para autorizar la importación temporal del vehículo.

Otros destinos facilitan mucho más las cosas. Estados Unidos o Canadá, por ejemplo, tienen procedimientos de importación temporal bastante más sencillos.

Siempre que puedo procuro, además, que la moto viaje en el mismo avión que yo. La experiencia me ha enseñado que eso puede agilizar mucho los trámites en destino, ya que en determinadas circunstancias las autoridades aduaneras llegan a considerar la motocicleta como parte del equipaje del viajero.

Todo esto puede parecer la parte menos atractiva de una gran aventura. Y probablemente lo sea. Pero también forma parte del viaje.

Mis viajes nacen sobre un mapa

Una vez decidido el destino, preparada la moto y resuelta la documentación llega una de las fases que más disfruto: construir la ruta.

Sigo comprando mapas de papel de todos los países que voy a recorrer. Utilizo GPS, móvil y aplicaciones digitales, naturalmente, pero para mí una pantalla nunca proporciona la misma perspectiva que un buen mapa extendido sobre una mesa.

El papel me permite entender las dimensiones del territorio, ver de dónde vengo y hacia dónde voy, imaginar las distancias y comprender el conjunto del viaje. Una pantalla es extraordinaria para decirte dónde tienes que girar dentro de quinientos metros. Un mapa, en cambio, te permite ver el mundo que tienes alrededor.

Y disfruto muchísimo con esa parte de la preparación.

Investigo carreteras, busco pasos de montaña, parques nacionales, lugares históricos, ciudades, pueblos perdidos y rincones que puedan merecer la pena. Voy colocando puntos sobre el mapa y poco a poco esos puntos empiezan a convertirse en una ruta.

Naturalmente, preparar tanto un viaje tiene una contrapartida: cuando llegas al destino ya sabes muchas cosas sobre los lugares que vas a visitar. Pierdes una pequeña parte del factor sorpresa. Pero nunca me ha preocupado demasiado porque, por mucho que estudies, ningún viaje sucede exactamente como aparece dibujado sobre un mapa.

Los mapas contienen carreteras y ciudades. El viaje de verdad lo construyen las personas que encuentras, los problemas que aparecen, las conversaciones inesperadas y todas esas situaciones que no estaban previstas.

Cuando tengo seleccionados los lugares que considero imprescindibles, intento unirlos mediante un recorrido que tenga sentido. Después traslado el itinerario a Google My Maps y desde allí genero los archivos que utilizaré en el GPS o en el teléfono. Pero nunca considero esa ruta como algo inamovible.

Siempre aparece alguien que te recomienda una carretera que no conocías, un motorista que te habla de un puerto de montaña, un vecino que te señala un lugar que no aparece en las guías o un viajero que acaba de venir precisamente de donde tú vas y te propone cambiar el recorrido. Y muchas veces le hago caso.

Eso significa que casi siempre termino haciendo más kilómetros de los inicialmente previstos. Pero también he comprobado que algunos de los mejores recuerdos nacen precisamente de esos desvíos que no figuraban en el plan.

Prepararlo todo para poder improvisar

Puede parecer una contradicción dedicar meses a preparar un viaje y después modificar la ruta sobre la marcha, pero para mí no lo es. Precisamente preparo tanto las expediciones para tener libertad cuando estoy viajando.

Mi tiempo es limitado. Como el de casi todo el mundo, está condicionado por el trabajo, la familia y una fecha en la que debo estar de regreso. Hay viajeros que prefieren levantarse cada mañana sin saber dónde terminarán el día. Me parece una forma magnífica de viajar, pero no es la que mejor se adapta a mis circunstancias.

Yo prefiero invertir muchas horas antes de salir para aprovechar al máximo cada jornada cuando estoy allí.

Y esa preparación tampoco termina con la moto, los papeles o los mapas. En una expedición larga también hay que preparar al motorista.

Pasar jornadas enteras sobre una moto cargada exige físicamente. Y todavía más si aparecen tramos complicados fuera del asfalto. Hay que conducir de pie, mover una moto muy pesada y, alguna vez, levantarla del suelo.

Por eso intento llegar a cada gran viaje en una condición física razonable. Y durante las rutas suelo dedicar unos minutos al día a realizar ejercicios con una banda elástica para descargar la espalda y mantener la musculatura en condiciones.

Con los años he aprendido algo más: los lugares aparentemente más espectaculares no son necesariamente los que terminan dejando el recuerdo más profundo. A veces sucede exactamente lo contrario.

Cuando las cosas se complican

Hay rincones remotos en los que surge un problema y no queda más remedio que buscar una solución. Y curiosamente es en esas situaciones, cuando estás lejos de casa y las cosas se tuercen, cuando aparecen algunas de las experiencias humanas que más recuerdas.

Me sucedió en Utah. Sufrí una caída que me produjo una lesión importante en la rodilla y no podía levantar la moto por mí mismo. En aquel momento apareció un grupo de cazadores. Podían haberse limitado a ayudarme a poner la BMW en pie y continuar su camino, pero hicieron bastante más.

Se quedaron conmigo y me acompañaron durante varias horas, hasta que recuperé la confianza necesaria para continuar solo. Es difícil olvidar un gesto así.

En mitad de un viaje descubres continuamente personas que no te conocen de nada y que, sin embargo, están dispuestas a detenerse, dedicarte su tiempo y ayudarte sin esperar nada a cambio. Ese tipo de encuentros cambia tu percepción de los lugares por los que pasas.

Con los años he llegado a pensar que los paisajes impresionan, pero son las personas las que hacen inolvidables los viajes.

Puedes atravesar carreteras extraordinarias, coronar puertos de montaña, cruzar desiertos o llegar a lugares que durante años solo habías contemplado sobre un mapa. Pero, cuando pasa el tiempo, muchas veces recuerdas con mayor intensidad una conversación improvisada, una comida compartida o la hospitalidad de un desconocido.

Son historias pequeñas. No aparecen en las guías ni en el GPS. Y, sin embargo, terminan formando la parte más importante del viaje.

El verdadero destino era otro

He tenido la suerte de llegar en moto a algunos de esos lugares que forman parte del imaginario de cualquier gran viajero.

He llegado a Ushuaia, al extremo meridional de Sudamérica. He alcanzado Cabo Norte. He recorrido Alaska hasta Prudhoe Bay. Son nombres que durante mucho tiempo aparecen como un punto lejano sobre un mapa y que un día, después de miles de kilómetros, puedes contemplar delante de ti. Claro que emociona llegar. Y claro que merece la pena.

Pero después de tantos años y tantos kilómetros he comprendido que quizá había entendido mal la palabra destino.

El destino no era únicamente ese cartel ante el que detener la moto y hacer una fotografía. Tampoco era la ciudad situada al final de la ruta ni el punto geográfico que llevaba meses persiguiendo.

El destino eran también los meses preparando la expedición. Las noches delante de los mapas. La incertidumbre de una frontera. Las carreteras que no esperaba encontrar. Los kilómetros bajo la lluvia. Las pistas de tierra. Las personas que aparecieron cuando las necesitaba. Los cambios de planes. Los problemas que en su momento parecían enormes y que después se convirtieron en algunas de las mejores historias.

Preparar bien un viaje sigue siendo fundamental para mí. Lo hago porque quiero aprovechar cada día y porque sé que una expedición de miles de kilómetros no admite determinadas improvisaciones. Pero también he aprendido que hay que dejar una puerta abierta a lo inesperado.

Porque es ahí, muchas veces, donde empieza el viaje que no habías imaginado.

Ushuaia, Cabo Norte o Prudhoe Bay seguirán siendo lugares extraordinarios. Volvería a recorrer miles de kilómetros para llegar hasta ellos. Pero ahora sé que ninguno era, en realidad, el objetivo final.

Después de tantos años viajando en moto, lo tengo bastante claro: El verdadero destino siempre fue el camino.

Más información: «El verdadero destino siempre fue el camino», por Hans59 – Conti Moto Blog

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